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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 368

La expresión de completo desprecio en los ojos de Lunita dejó a Hugo con una sensación sumamente amarga en el pecho.

Además, aunque don Zacarías nunca había sido cálido con él en el pasado, tampoco lo trataba con odio.

Pero hoy, la mirada del anciano destilaba una clara hostilidad.

Cuando la señora Elena vio lo cerca que estaban Vania y Yago, frunció el ceño con disgusto.

—Vania, solo eres una empleada de Grupo Nexo. ¿Cómo te atreves a venirte de vacaciones a escondidas con el jefe? ¿No te importa que la gente hable? ¡Soy tu madre! Que andes exhibiéndote por ahí de manera tan descarada con el señor Leal ensucia mi reputación.

Yago no conocía muy bien a la señora Elena; solo sabía que su relación con Vania no era la mejor.

Al ser una mujer que se había casado por segunda vez y había formado una nueva familia, era lógico que dejara a la hija de su primer matrimonio en un segundo plano.

Pero ver a una madre arrojándole tanto veneno a su propia hija desde el primer segundo era algo que Yago jamás había presenciado.

Clavó sus ojos en ella con una profunda molestia.

—Señora Elena, Vania es casi como mi hermana. Además, nos acompañan mi abuelo y el profesor Zavala. ¿A qué se refiere con exhibirse descaradamente y ensuciar su reputación?

Al ver que Yago salía en defensa de Vania, la señora Elena se enfureció aún más.

—Señor Leal, usted ya es un hombre adulto, se lo digo con la mejor intención. Mi hija tiene la peor reputación del mundo. Acercarse a ella solo le traerá mala suerte y problemas. Se lo digo por el bien de su familia.

Yago soltó una carcajada irónica, barriendo con la mirada a Hugo y Cristina antes de responder con voz pausada.

—A nuestra familia no le hace falta que nos dé lecciones de moralidad. En cambio usted, ve a su propia hija colgándose del brazo de un hombre casado frente a todo el mundo y ni la detiene ni le parece una vergüenza.

—Yo soy un hombre soltero. No importa con qué mujer me asocie, mi honor no se verá afectado. Vania es un miembro respetado de nuestra familia. Es de los nuestros. En cuanto a usted, señora, nosotros no somos nada.

Las palabras de Yago le cortaron la respiración a la señora Elena, cuyo rostro palideció de la furia.

—Señor Leal, le hablo de corazón y usted me responde con insultos. ¡Es mi hija, sé perfectamente la clase de persona que es!

—Yo jamás aprobaré que ustedes estén juntos. Una mujer como ella solo arrastrará el nombre de los Leal por el barro. Terminarán siendo el hazmerreír de toda la alta sociedad.

—¿Por qué está tan ciego? No sé si sus padres estén aquí, pero pienso buscar a los señores Leal para hablar muy seriamente de esto. Jamás permitirán que usted cometa semejante locura.

Vania permanecía de pie, escuchando el veneno que salía de la boca de su madre, pero para su sorpresa, ya no sentía nada.

Había sido decepcionada tantas veces que cualquier rastro de amor filial se había esfumado por completo.

Cristina y el resto de la familia Figueroa observaban en silencio. Cristina mostraba una leve sonrisa burlona, mientras que Hugo, durante todo el intercambio, no pronunció ni una sola palabra para defender a Vania.

La mirada de Yago se volvió glacial; al fijarla en la señora Elena, esta sintió un auténtico escalofrío.

—Señora, considerando nuestro estatus social, su familia no está al nivel para exigir hablar con mis padres. Tengo asuntos que atender. Con permiso.

Yago tomó a Vania y se marchó.

La señora Elena se llevó una mano al pecho, sintiendo punzadas de dolor por el coraje.

—¿Vieron lo grosero que es ese hombre? Yo quería salvarlo y él solo quiere lanzarse al abismo...

Mientras hablaba, su indignación crecía.

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