Si Cristina se enteraba, quién sabe cuánto sufriría.
Así que era mejor ni preguntar por los asuntos de Vania.
En los días que siguieron, Hugo brilló por su ausencia, tal como se esperaba.
Dante comentó que Hugo había ingresado al hospital; al parecer, estaba herido.
Yago miró fijamente a Vania.
¿Sería posible que aquel golpe de verdad lo hubiera lesionado?
—Fui a ver al Comandante Yáñez. La señora Cristina lo está cuidando. Le lleva un buen caldo casero todos los días; parece que tiene una fractura.
Dante había enviado a uno de sus subalternos a presentar sus respetos a Hugo.
Regresó con el reporte completo de la situación.
—…
—…
Yago pensó que, al haber sido socios comerciales en el pasado, tal vez él también debería hacerle una visita de cortesía.
Solo para ver si era cierto...
Dante miró de reojo a Vania, queriendo ver su reacción.
Pero al escuchar la noticia, ella mantuvo un semblante de total indiferencia. Ni siquiera pronunció una palabra de aliento.
Dante soltó aire lentamente y relajó los hombros; se había imaginado cosas que no eran.
Aquel día en el campo de entrenamiento, al verlos bajar juntos de la aeronave, su sexto sentido le había gritado una cosa.
Vania y Hugo eran pareja.
No sabía de dónde había sacado esa idea. Tal vez de la tremenda sincronía que proyectaban.
Como si llevaran años viviendo juntos.
Eso le había provocado una extraña punzada de incomodidad al pobre Dante.
Ahora, al ver que a Vania le importaba un comino lo que le pasara a Hugo, se rió de sí mismo pensando que se había vuelto loco.

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