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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 416

—Vania y yo firmamos los papeles del divorcio. La mitad de todos mis bienes pasará a su nombre.

Doña Dolores volvió a sentarse de golpe en la cama, furiosa.

—¿Tú... tú qué dijiste? ¿Que te vas a divorciar de Vania?

Le apuntó con el dedo a la cara; de haber tenido las fuerzas, lo habría matado a golpes en ese mismo instante.

Todo su cuerpo temblaba; la impresión casi le provoca un ataque.

Hugo, sin inmutarse, acercó el rostro a la mano levantada de la anciana. Sus facciones duras y frías eran un reflejo exacto del difunto don Valentín Yáñez.

—Durante estos cinco años ella armó un escándalo tras otro, y yo le aguanté todo. Fue ella quien pidió el divorcio. Le entregué a su abogada un inventario detallado de todos mis bienes sin esconderle ni un centavo, y a cambio, lo único que quiere es quedarse con Corporativo Alba.

Corporativo Alba es de César. Él ya no está, y aparte de esa empresa no les dejó casi nada a su esposa y a su hijo. Le transferí la compañía a Cristina para que pueda criar a Xavi sin preocupaciones.

Un sutil tono rojizo asomó en las comisuras de los ojos de Hugo, golpeando el corazón de la anciana.

—Abuela, estoy cansado.

Inclinó la cabeza bajo la mano temblorosa de Doña Dolores, con la mirada clavada en el suelo. Lucía completamente derrotado y desolado.

La anciana se quedó petrificada en la cama, como si le hubiera caído un rayo. Este nieto suyo, que llevaba años devorando a sus rivales en el mundo de los negocios, y de cuyas fechorías en Sudamérica ella había escuchado rumores, ahora lucía vulnerable.

Por más caos que armara en el mundo exterior, jamás lo había visto tan desamparado.

Parecía alguien a quien le habían roto el corazón; inocente, digno de lástima.

¡Plaf!

Doña Dolores no pudo contenerse y le propinó una bofetada tan feroz que le dejó media cara roja como un tomate.

—¿A mí me vas a decir que estás cansado? Si no querías aguantar sus reclamos, no te hubieras acostado con...

Con lo mal que estaba, a la pobre anciana solo le quedaban las fuerzas de sus manos y su lengua afilada.

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