Cherry cumplió al pie de la letra con el guion de Vania, recitando el discurso de cinco minutos sin titubear. Al terminar, la audiencia estalló en aplausos que resonaron como truenos. Cherry fue igual de rápida para salir que para entrar. Como no tenía asiento asignado, simplemente bajó del escenario y desapareció de la vista del público.
Cristina no perdió la oportunidad. Le susurró algo a Hugo, se levantó de su asiento de primera fila y salió tras ella.
Cherry caminaba a paso acelerado por los pasillos hacia la salida, dispuesta a regresar al hotel, cuando, de forma inesperada, Cristina le cerró el paso.
—Tú eres la asistente de Lily, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo llevas trabajando para ella? ¿Acaso Vania conoce a Lily? ¿Qué clase de trato tienen? —disparó Cristina sin rodeos.
Cherry se sobresaltó; no se había dado cuenta de que la seguía. Le dirigió una mirada cargada de hostilidad.
—No te conozco y no tengo ninguna obligación de darte explicaciones —respondió Cherry en un francés impecable y fluido.
Cristina se quedó atónita un par de segundos, pero recuperó su arrogancia y le respondió en el mismo idioma:
—Puedes fingir todo lo que quieras, pero sé perfectamente que Lily y Vania tienen un acuerdo. Si Vania no estuviera moviendo los hilos de Lily, ¿de dónde sacaría tanto dinero? Durante cinco largos años fue la empleada perfecta en Corporativo Alba y nunca pidió un centavo. Tengo motivos de sobra para creer que es una espía corporativa, enviada nada menos que por Lily.
Cherry tuvo que admitir que la imaginación de Cristina era digna de una película de ficción, pero frente a tal sarta de estupideces, optó por no responder. Nadie mejor que Cherry sabía el infierno que Vania había atravesado durante esos cinco años.
—No entiendo ni una sola palabra de lo que estás diciendo. Quítate de mi camino —exigió Cherry.
Cristina soltó una carcajada gélida y disparó una ráfaga de oraciones en francés. Cherry se paralizó al instante. Su secreto más oscuro y mejor guardado... ¿cómo diablos lo sabía esa mujer?
Al ver la cara de terror absoluto de Cherry, Cristina supo que la tenía acorralada. Una ola de victoria la invadió.
Cherry palideció hasta parecer un fantasma.
—¿Qué es lo que quieres? —susurró, sintiendo que el aire le faltaba.
Cristina adoptó una pose triunfal, sintiéndose dueña del mundo.
—Lo que pido es muy simple. Vas a volver conmigo a la ceremonia en este instante y confirmarás ante todos que yo soy Lily.

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