Hugo llevaba un largo rato esperando en el Registro Civil. El clima, que antes había estado despejado, de repente se tornó gris y comenzó a lloviznar.
Sergio permanecía de pie junto a él, abrazando la carpeta con los documentos, en actitud de total respeto.
De vez en cuando, el abogado miraba su reloj, pero Hugo seguía sentado sin mover un solo músculo. Su rostro no delataba ninguna emoción.
Había pasado una hora. La gente entraba y salía, los autos llegaban y se iban.
Pero de Vania Zapata, ni la sombra.
—Señor Yáñez...
Si seguían esperando, pronto se cumpliría la hora y media.
—Llámala —ordenó Hugo, perdiendo por fin la paciencia.
Sin embargo, el teléfono sonó y sonó sin que nadie contestara.
Sergio ya no sabía qué hacer. Había perdido la cuenta de cuántas veces habían pasado por lo mismo.
El acuerdo de divorcio se había modificado incontables veces, se había vuelto a firmar, a imprimir, y habían ido al Registro Civil tantas veces que parecía una burla.
El abogado estaba exhausto. Llegó a pensar que lo mejor sería que el señor Yáñez y su esposa simplemente compraran un pase VIP en el registro y dejaran de torturarlo con estos caprichos.
—Vuelve a marcar —exigió Hugo.
—...
Sergio no tuvo más remedio que insistir. El tono repicó una y otra vez, hasta que finalmente mandó directo al buzón. Ella había apagado el celular.
Los nudillos de Hugo golpeaban rítmicamente el reposabrazos de la silla, marcando los segundos.
Sergio guardó silencio, esperando a que su jefe tomara una decisión.
Pasó media hora más. Hugo deslizó el dedo por la pantalla de su teléfono hasta detenerse en el contacto de Vania. Dudó un instante, pero al final no presionó el botón de llamada.
Al ver que se detenía, a Sergio se le tensó la nuca.
*A este año no le quedan muchos meses*, pensó. *Parece que el dramita de estos dos todavía me va a dar dolores de cabeza para rato*.
—No esperamos más. Nos vamos.
Sergio sabía que, una vez que Hugo tomaba una decisión, no había marcha atrás.

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