Vania tembló al escucharlo hablar con tanto descaro.
Hugo le levantó la barbilla suavemente.
Esa frase era una insinuación directa, y Vania lo entendió a la perfección.
Hugo tenía en sus manos la vida y la muerte de la familia Zapata. Si ella se cruzaba de brazos, mañana mismo su tío y su familia estarían en la calle.
Luchando con la última pizca de racionalidad que le quedaba, Vania empujó contra su pecho.
La voz de Hugo se volvió más ronca y profunda.
—¿Cómo planeas que lo hablemos?
Lo repitió, mirándola con ojos ardientes.
Su aliento caliente rozaba detrás de la oreja de Vania, provocándole un escalofrío que la dejó aturdida.
Los profundos ojos oscuros de Hugo la observaban desde arriba, fijos en su hermoso rostro.
Vania se mordió el labio y, bajo la intensa mirada de él, llevó las manos a los botones de su propia blusa.
Y luego se la abotonó hasta el cuello.
Hugo soltó una carcajada irónica.
El sonido metálico resonó en la cabina, y Vania contuvo la respiración.
Sin embargo, Hugo no se enfureció como ella esperaba.
Simplemente la sostuvo por su estrecha cintura y, con la mano libre, sacó su teléfono para hacer una llamada.
Vania levantó la mirada, topándose justo con su mandíbula.
Tenía una ligera sombra de barba incipiente.
La llamada fue contestada al instante, y una voz masculina excesivamente emocionada y temblorosa resonó desde el auricular.
—Señor Yáñez, ¡qué sorpresa...!
El hombre al otro lado parecía tan halagado que no pudo terminar la frase antes de que Hugo lo interrumpiera secamente.
—Sobre el préstamo de la empresa Zapata, añadan otros veinte millones.
Vania se quedó sin palabras.
Así que era por eso.
El hombre al otro lado dudó solo medio segundo antes de aceptar con euforia.
—No tiene por qué molestarse personalmente con algo así, señor Yáñez. Pierda cuidado, lo procesaré de inmediato.
El tono del hombre era asquerosamente servil.
Hugo no se quedó a escuchar más adulaciones y colgó en cuanto aseguró el alivio financiero para la familia Zapata.

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