Hospital.
Yara Soler estaba bajo estricta vigilancia por parte de los guardaespaldas las 24 horas del día. Le habían confiscado el celular, dejándola sin ninguna posibilidad de contactar al mundo exterior.
Ni siquiera tenía permitido salir de su habitación.
Al enterarse de que su abuelo, Don Hipólito, había llegado, había depositado todas sus esperanzas en él. Estaba segura de que encontraría la forma de sacarla de allí.
Pero lo único que recibió fue una decepción abrumadora.
No solo Don Hipólito no había ido a verla, sino que ni siquiera le había enviado un mensaje de consuelo.
Estaba devastada.
Lloró, gritó y destrozó varias cosas dentro de la habitación.
Sin embargo, aparte de los guardaespaldas que entraron a limpiar el desorden, ningún familiar se presentó a verla.
Cuando su tristeza llegó al límite, una fría calma se apoderó de ella.
No, no podía quedarse sentada esperando su fin.
—Señorita Soler, vengo a revisarla.
Una enfermera llamó a la puerta y entró.
Yara miró las manos de la joven. Aparte de su libreta de registros, no llevaba ningún medicamento. Su mirada cambió de inmediato.
La enfermera no se dio cuenta. Tras realizar un chequeo de rutina, anotó los datos uno por uno y le recomendó que no se desvelara y descansara temprano.
Justo cuando estaba a punto de irse, Yara la confrontó de golpe.
—¿No se supone que estoy infectada con una enfermedad grave y repentina? ¿Por qué hoy no trajiste las pruebas para hacerme el test? Ni siquiera me has dado ninguna medicina.
La enfermera no esperaba esa pregunta. El pánico brilló en sus ojos y se apresuró a excusarse.
—Lo siento mucho, señorita Soler, se me olvidó hace un momento. Iré a buscar el kit de prueba ahora mismo.
—Detente ahí —ordenó Yara, levantándose para bloquearle el paso al notar su nerviosismo—. M&R Global es uno de los conglomerados más importantes de Estados Unidos, y este es el único hospital privado bajo su administración directa. Es imposible que olviden un detalle tan básico. Así que, desde el principio, nunca tuve ninguna infección grave, ¿verdad?
—Señorita Soler, se equivoca, simplemente olvidé hacerle la segunda ronda de pruebas.
Yara soltó una risa fría.
—Si quieres asumir la culpa, adelante. Presentaré una queja formal contra ti ahora mismo. Veremos si logras conservar tu trabajo.
El rostro de la enfermera palideció de golpe y sintió un nudo en el estómago. No podía perder ese empleo.


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