—¿Tus hombres son tan inútiles?
El corazón de Jacob dio un vuelco. Bajó la cabeza apresuradamente y se justificó.
—Jefe, también me enteré de que la señorita Yara lastimó por accidente a Doña Isabel, y por eso la tienen encerrada. Todo indica que tanto la familia Soler como los Montes le han dado la espalda.
Patricio se dio la vuelta lentamente. Sus facciones deslumbrantes y hermosas lucían excesivamente pálidas, creando un contraste visual brutal con el negro de su ropa.
Soltó una risa suave.
—Entonces, todos somos unos inútiles.
Había creído tener el control de la situación, pero nunca imaginó que Roxana Soler lo sometería con tanta facilidad.
En Veridia, ella casi lo mata para proteger a su abuela.
En Estados Unidos, desmanteló de un solo golpe sus planes de crear caos.
¡Esa chica era su maldición personal!
Jacob sabía que cuando el jefe sonreía en esos momentos, significaba que estaba furioso al extremo.
Estaba a punto de decir algo más cuando sonó el teléfono de Patricio.
Era un número local.
Él borró su sonrisa. Como si hubiera adivinado quién era, contestó con lentitud.
—¿Hola?
—Patricio, soy yo, Yara...
Jacob no podía escuchar lo que decía la chica, pero al notar que la expresión de disgusto de su jefe se relajaba, dejó escapar un suspiro de alivio.
—Jacob, vamos a recoger a alguien.
Patricio regresó a su habitación y caminó directo hacia el vestidor.
Jacob se quedó perplejo.
—Jefe, ¿a dónde vamos?
—Al hospital privado de M&R Global.
—¿Qué? —Jacob estaba estupefacto—. No tenemos ningún trato con M&R Global, ¿a qué vamos allá? Si nos tienden una emboscada, nos estaríamos metiendo directamente a la boca del lobo.
Patricio descolgó un traje negro y lo miró con indiferencia.
—El que no arriesga, no gana. ¿No acabas de decir que nuestros hombres no pueden entrar al hospital? Esta es la oportunidad perfecta. Si invitamos a Doña Isabel a nuestra casa como huésped, estoy seguro de que las cosas se pondrán muy... animadas.
¿Acaso a Roxana no le importaban más que nada sus familiares?
Entonces, tendría que ceder.
Con solo imaginar que Roxana se sometería a él, la emoción en sus ojos se volvió incontenible.
—Jacob, ¿qué dices? ¿Me pongo este traje negro o esta chaqueta?
Jacob aún no terminaba de asimilar la excitación de su jefe cuando le hicieron esa pregunta.

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