—¡Te atreviste a envenenarme! ¡Te cansaste de vivir! —rugió El Perro Rabioso. Desde que había tomado el control de Bahía Coral, jamás lo habían humillado de esa manera.
Valeriano, al percibir la clara intención asesina del criminal, dio medio paso al frente, cubriendo a Roxana con su cuerpo.
—¡Atrévete a gritarle otra vez y verás!
El Perro Rabioso esbozó una sonrisa maliciosa, llena de soberbia.
—¿Seguro que quieres jugarte la vida conmigo aquí?
Roxana, temiendo que Valeriano perdiera la paciencia, lo tomó del brazo y luego se dirigió al matón con frialdad:
—¿Jugarnos la vida? El juego ni siquiera ha empezado y tú ya tienes un pie en la tumba.
El líder sintió que la furia le hervía en la sangre. ¡Maldita sea! ¡Nunca en su vida lo habían acorralado de esa forma!
Había imaginado que su final sería violento, pero jamás pensó que sería sometido por una chica a la que veía por primera vez.
Fue tan rápida que no le dio tiempo ni de reaccionar.
Sin peleas sangrientas ni matanzas caóticas, ¡lo tenía dominado con una simple pastilla!
Mientras más lo pensaba, más rabia le daba.
De pronto, un inconfundible sabor metálico subió por su garganta.
—¡Ugh!
Se inclinó por instinto y escupió una bocanada de sangre negra.
—¡Jefe!
Sus matones, al ver la escena, palidecieron de terror.
Como si nada pasara, Roxana comentó perezosamente:
—Tu sangre ya está negra. Parece que el veneno se está esparciendo. Si vuelves a escupir sangre, ni siquiera yo podré salvarte.
«¡Maldita sea! ¡Maldita sea!», repitió El Perro Rabioso en su mente antes de ordenar a regañadientes a uno de sus hombres.
—Traigan a ese inútil...
Notó de inmediato cómo los ojos de Roxana se volvían más fríos, así que se corrigió de inmediato:
—Digo... traigan a ese hombre aquí.
¡Qué maldita humillación!
—Pero, jefe, ¿no dijo que se lo diéramos a...?
La paciencia de El Perro Rabioso se agotó y lo mandó a volar de una patada.
—¡Imbécil! ¿Acaso quieres verme muerto?
—¡N-no, para nada! ¡Voy enseguida!
Con la espalda lastimada por la patada, el matón se levantó tambaleándose y corrió hacia el ring sin atreverse a decir otra palabra.

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