En el trayecto, Valeriano no se dirigió directamente al Castillo de los Aris, sino que se contactó con Mateo Soler a medio camino.
Tenía el presentimiento de que muchas de las pistas que habían estado siguiendo encontrarían respuesta esa misma noche.
Mateo Soler recibió su llamada y, sin perder tiempo, trajo consigo a su hermano Patriciano.
—Este... este no es el camino al Castillo de los Aris? ¿Por qué nos hiciste venir aquí?
Aunque aún no habían llegado al castillo, Patriciano Soler había vivido en el País M durante muchos años y conocía la zona, por lo que la reconoció de un vistazo.
Al oír esto, el rostro habitualmente severo de Mateo se ensombreció aún más.
—¿Qué es tan urgente que no podías decírmelo por teléfono y tenías que hacerme venir? ¿Por qué no estás al lado de Roxana en este momento? ¿Qué haces aquí?
Valeriano notó el tono de reproche de Mateo, pero en lugar de molestarse, sacó el mapa y se los explicó.
—Zachary acaba de recibir la noticia de que el Rey Alberto está herido y se llevó a Roxana al Palacio de Platino. Este es un mapa que ella dibujó a mano luego de visitar el Castillo de los Aris. Me pidió que viniera a sacar a alguien de ahí.
—¿A quién? —Patriciano sintió que había algo turbio en todo eso y especuló—: ¿No me digas que es la amante del Conde Aris?
No era de extrañar que pensara así. Desde que la Condesa falleció, el Conde no se había vuelto a casar.
Había criado a la Princesa Romy él solo.
Pero que no tuviera esposa no significaba que no tuviera una pareja.
Valeriano levantó la mirada; sus ojos profundos destilaban un aire enigmático.
Mateo intuyó que había algo más y exigió saber:
—¿De quién se trata?
Valeriano respondió pausadamente:
—La Princesa Romy.
El rostro de Patriciano se llenó de incredulidad.
—¿En qué estás pensando? A esta hora la Princesa Romy está en el salón de banquetes recibiendo a los invitados, ¿cómo va a estar en el castillo?
—Roxana dice que la Romy que está allá afuera es una impostora. La verdadera está en el castillo.
Patriciano abrió los ojos de par en par, incrédulo. Creyó haber escuchado mal y le pidió que lo repitiera.
—¡Dilo otra vez, no escuché bien!
Valeriano le dirigió una mirada indiferente y, reprimiendo su impaciencia, lo repitió.
A Patriciano todavía le resultaba difícil asimilarlo.

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