Zona de banquetes.
Roxana sostenía un pequeño pastelito mientras se quedaba de pie en un rincón, disfrutando de cada bocado y observando a los invitados en el salón principal.
Había fácilmente más de cien personas. Si no aprovechaba este momento para comer algo, más tarde el estómago le rugiría de hambre.
Mientras saboreaba el postre, vio acercarse a un grupo de jóvenes de la alta sociedad, vestidas con trajes extravagantes.
Al verla, las sonrisas en los rostros de las chicas se desvanecieron al instante.
Una de ellas, que llevaba unos llamativos pendientes de aro y una tiara floral, se cruzó de brazos, la miró de arriba abajo con desprecio y preguntó con arrogancia:
—¿Así que tú eres la hermanita recién encontrada de Yara?
Roxana perdió cualquier rastro de interés en sus ojos y siguió comiendo su pastelito, ignorándola por completo.
Una de las chicas detrás de la de la tiara se molestó.
—¿Acaso eres sorda? ¿No escuchaste que Sofía te hizo una pregunta? Contesta de una buena vez.
Roxana ni siquiera levantó la mirada. Con un tono pausado y aburrido, respondió:
—Mi mamá me enseñó a no hablar con extraños.
Sofía Ortiz sintió que la estaban humillando y estalló en cólera.
—¡Que yo te dirija la palabra ya es hacerte un favor! Si no fuera porque eres la hermana de Yara, ¡ni siquiera me molestaría en mirarte a los ojos!
Roxana levantó los párpados con pereza.
—Si no puedes mirar a las personas a los ojos, entonces tienes un problema de visión. Deberías ir al doctor a que te revisen.
Sofía había crecido siendo la niña mimada de sus padres. Aunque no destacaba tanto como Yara o Gisela, siempre había sido el centro de atención en su círculo.
Ser ignorada y ridiculizada una y otra vez por Roxana fue demasiado para ella. En un arranque de furia, le dio un manotazo al pastelito que Roxana tenía en la mano, tirándolo al suelo.
—¡Traga, traga, traga! ¿Acaso eres la reencarnación de una muerta de hambre? ¡Mírate, pareces una pueblerina que nunca ha visto el lujo! ¿Con qué cara te atreves a regresar a la familia Soler y arruinarle la vida a Yara?
—Si no están a gusto aquí, ahí está la puerta. Nadie las obliga a quedarse. Pero antes de irse, todas me van a pedir disculpas. Si no, este asunto no se quedará así.
La actitud altanera de Roxana enfureció por completo a Sofía.
—¡Yo estoy aquí porque me invitaron los padres de Yara, no tú! No tienes ningún derecho a echarme. ¿Y quién te crees que eres para exigirme una disculpa? ¡Já! Una niña problemática, sin cultura y tan resentida como tú, ¡jamás podrá encajar en nuestro círculo!
Terminó su discurso con la barbilla en alto, esperando que Roxana se encogiera de miedo o rogara perdón.
Pero Roxana simplemente soltó una risa fría y despectiva.
—Pues no encajo y punto. Y viendo la falta de clase que tienen, su dichoso «círculo» debe tener el nivel intelectual de un grupo de niñas de primaria.
Sofía casi revienta de la rabia. Levantó la mano, dispuesta a abofetearla directamente en la cara.
—¡Te atreves a insultarme! ¡Te voy a enseñar que con Sofía Ortiz nadie se mete!
Para los presentes, el movimiento fue rápido. Pero para los ojos entrenados de Roxana, la bofetada venía en cámara lenta.

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