Universidad del Sur.
Roxana, que se reuniría con Paula Rossi esa noche, solo necesitaba un permiso para poder salir del campus.
Al no tener ganas de soportar los sermones de Lidia Ariza, decidió ignorarla e ir directamente con Don Abelardo, pero se topó con que su oficina estaba cerrada.
Sin más remedio, se dirigió a la oficina del director de la facultad.
Al escucharla, el director pareció estar en un aprieto.
—Roxana, mañana tienes examen. Lo mejor sería que te quedaras en tu dormitorio descansando y recargando energías, para que mañana puedas dar la sorpresa y salir victoriosa.
Al fin y al cabo, ella era una de las estudiantes en las que Don Abelardo tenía puestas sus esperanzas. ¿Cómo podía fallar en un momento tan crucial?
Los ojos de Roxana, tan fríos e impenetrables como la nieve en la cima de una montaña, mostraron su habitual distancia.
—No puedo, tengo algo importante que hacer esta noche. Usted fírmeme el permiso, y cuando Don Abelardo regrese, me encargaré de explicárselo.
El director sonrió tratando de convencerla con buenas palabras.
—Roxana, no es que me preocupe que el rector se enoje, sino que temo que si no descansas bien, tus resultados se vean afectados. Las apuestas que hiciste con la profesora Lidia son altas, deberías tomártelo con más seriedad, ¿no te parece?
«¡Qué locura!», pensaba el hombre. Si le iba mal en los exámenes y el rector se enfurecía al enterarse de ese permiso de última hora, no sería a ella a quien culparían, sino a él.
¿Por qué habría de cargar él con las consecuencias de un capricho?
Roxana arqueó levemente una ceja y, de repente, de su rostro frío emanó una autoridad innegable.
El director se estremeció de inmediato; ni siquiera frente a Don Abelardo se sentía tan nervioso.
«Uf... ¿Qué sucede?», pensó confundido. «Siento que esta chica impone más respeto que el propio rector».
No aguantó mucho más antes de ceder.
—Yara, dime que mis ojos me engañan. ¿Esa no es Roxana? Las normas de la Universidad del Sur son muy estrictas, ¿cómo es que la dejaron salir? —preguntó Brenda, incrédula.
Yara, por supuesto, había visto perfectamente.
¡Se trataba de su «querida» hermana, Roxana!
Sin embargo, no entendía de dónde había sacado un permiso para abandonar el campus.
—Supongo que la pequeña Roxana se cansó de estudiar y quiso salir a despejarse.
—¿Cansada de estudiar? ¡Pero si apenas abre un libro! —reclamó Brenda, visiblemente enojada—. Ha pasado más tiempo sin estudiar que el tiempo que tomamos para comer. Y para colmo, tiene esa apuesta con la profesora Lidia de que si no queda de primera, será expulsada. ¿Acaso la ves nerviosa? ¡Nosotras somos las que estamos al borde de un colapso, temiendo hasta tomarnos un descanso!
Yara quería escuchar cosas horribles sobre Roxana, y al notar que la impresión que Brenda tenía de ella era pésima, decidió actuar como la pacificadora con una voz dulce y condescendiente.
—Brenda, no te lo tomes a pecho. Probablemente, la Universidad del Sur es el único lugar donde Roxana puede estar. Hizo la apuesta con la profesora Lidia porque le daba vergüenza que los demás la subestimaran. En el fondo, apuesto a que ella solo desea desesperadamente quedarse en la universidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA