Durante la cena, Roxana Soler sintió todo el cariño de su familia. Desde que tomó su plato, ni siquiera pudo ver el fondo; estaba repleto de capa tras capa de guisos y carnes. ¡Desde lejos, parecía que hacía malabares con una montaña de comida!
Pero al encontrarse con las miradas ansiosas de Marina y Rafael, sumado a los intentos de su hermano Darío por complacerla, no tuvo corazón para negarse.
La consecuencia de comerse todo fue que, después de cenar, no podía ni sentarse. Si lo hacía, sentía que la comida se le subía hasta la garganta.
Valeriano Sandoval notó su incomodidad y de inmediato la llevó a dar un paseo por los jardines.
Siendo la familia Soler la más rica de todo el país, la residencia contaba con áreas verdes diseñadas por paisajistas profesionales que eran un deleite para la vista. Para garantizar color en cualquier época del año, se habían plantado cerca de cien variedades diferentes de flores.
La suave brisa acariciaba los pétalos, esparciendo una fragancia tenue y relajante.
Al contemplar tan hermoso paisaje, Roxana sintió que toda su tensión se desvanecía.
Valeriano, al ver que su expresión se relajaba, pensó que la belleza de ese instante eclipsaba a cualquier flor del jardín. Se acercó por detrás y la abrazó con delicadeza.
—Roxana, cuando volví a Veridia, compré una nueva villa en la Bahía del Lago con mi propio dinero. Quiero convertir ese lugar en nuestro hogar. Si te gusta este jardín, puedo hacer que construyan una réplica exacta para ti.
El cuerpo de Roxana tuvo el instinto reflejo de contraatacar, pero logró contenerse.
Al escuchar sus palabras, sintió como si una cálida brisa primaveral derritiera la capa de hielo sobre un lago, formando suaves ondas en su corazón.
La idea de un «hogar» le resultaba muy atractiva. Pero Valeriano le parecía aún más irresistible.
—Cuando tenga tiempo, iré a verla —respondió.
Valeriano no estaba del todo seguro de su respuesta. Después de todo, su pequeña prometida siempre estaba demasiado ocupada, ya fuera investigando medicinas o lidiando con los asuntos del Gremio Lobo Sangriento. Que ella misma dijera que haría tiempo para ir, hizo que su corazón latiera con tanta fuerza que parecía querer saltar de su pecho.
Inclinó la cabeza, rozando con sus labios la oreja de la joven.
—De acuerdo, entonces esperaré a que tengas tiempo para llevarte.

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