Normalmente, Yara siempre iba acompañada de su maquillador y estilista personal, pero Agustina los había cancelado.
Ahora tenía que adoptar el papel de víctima humilde, así que no le convenía ser ostentosa.
Al entrar al camerino y escuchar que le preguntaban a Mónica por ella, estuvo a punto de perder los estribos, pero recordando las advertencias de doña Irina, se contuvo.
Después de saludar a todos con una sonrisa afable, se dio cuenta de que la estrategia funcionaba: nadie volvió a mencionar su origen y, en su lugar, comenzaron a adularla.
Doña Irina tenía razón. Aún conservaba el favor de la gente. Aún tenía oportunidades.
—Yara, esta vez representas a la universidad. Entiendo que no traigas a tu estilista, pero ¿ni siquiera a tu propio maquillador? ¿No te da miedo no estar lista a tiempo? Si quieres, te presto al mío —le ofreció Mónica, acercándose al notar que Yara estaba sentada en silencio en una esquina, como cualquier estudiante común.
Yara notó la presunción en sus palabras. Una chispa de ira brilló en sus ojos, pero mantuvo una sonrisa inmaculada en su rostro.
—Los maestros nos informaron que habría maquilladores del equipo organizador, por eso no traje al mío. Si no me da tiempo, no pasa nada. Confío en que mi talento musical será suficiente para que los jueces ignoren mi apariencia.
La mirada de Mónica cambió. ¡Algo no encajaba!
En el pasado, cuando Yara iba de compras, llevaba a siete u ocho empleados detrás de ella: cuatro solo para cargar las bolsas, y otros para sostenerle la sombrilla, llevarle agua y pagar sus compras.
Siendo la primera vez que participaba en este concurso interuniversitario, lo normal sería que quisiera destacar como un pavo real. ¿Por qué había cambiado su táctica de repente?
¿Acaso a los jueces de este año les gustaba la falsa modestia?
—¿Ah, sí? Tienes un punto. Aunque... —Mónica se inclinó hacia ella y susurró en tono burlón—, ¿no será más bien que te echaron a patadas de la casa y ya no tienes dinero para pagar un profesional?
Yara ya había anticipado que las familias Sandoval y Montes estarían al tanto de su expulsión, por lo que no se dejó intimidar.
—Eso es lo que tú crees. La realidad es muy distinta. ¡Ya veremos quién ríe al último!
La competencia estaba a punto de comenzar y ninguna de las dos había visto llegar a Roxana.
Ambas se sentían desconcertadas. Siendo Roxana la aclamada genio internacional, era imposible que no participara.
Pronto, sus dudas fueron resueltas.
La primera participante bajó del escenario temblando de emoción.
—¡Ahhh! ¡Acabo de ver a mi ídola en persona! Es hermosísima, brilla tanto como su nombre. Además, es muy amable. Equivoqué una nota durante mi presentación y ni yo me había dado cuenta, pero ella lo notó de inmediato y me enseñó un truco para no volver a fallar. ¡Es un ángel!
Al escuchar esto, Mónica y Yara se quedaron petrificadas.

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