Un instante después, Carlos giró lentamente la cabeza hacia donde venía la voz. Cuando vio a Darío a un par de metros, tragó saliva de golpe.
—D-Dueño Darío... ¿q-qué hace aquí?
Su voz temblorosa hizo que Alcira, que ya se sentía victoriosa, palideciera al instante.
Darío soltó una carcajada seca.
—¿Acaso no es mi restaurante?
—¡No, no, no! —Carlos agitó las manos y la cabeza desesperadamente—. ¡Yo jamás cuestionaría sus decisiones!
La sonrisa de Darío se volvió más amenazante.
—Acabas de abofetear a mi gerente, ¿qué más no te atreverías a hacer?
La poca sangre que le quedaba en la cara a Carlos desapareció por completo. Abrió y cerró la boca buscando una excusa, pero no se le ocurrió nada.
Finalmente, con los ojos llenos de pánico, se dio la vuelta y le soltó un tremendo bofetón a Alcira.
—¡Maldita zorra! Todo esto es por tus mentiras. ¡Casi ofendo al Dueño Darío por tu culpa! ¡Escúchame bien, no pienso ayudar a tu familia! ¡Arréglenselas como puedan!
Tras decir eso, buscó cualquier excusa para huir.
—Dueño Darío, yo... de repente recordé que tengo un asunto urgente. Me retiro. Haga lo que quiera con esta mujer.
Para ser un hombre tan gordo, se movió con una agilidad sorprendente, como si temiera que Darío lo capturara y lo torturara.
En un parpadeo, desapareció por la puerta de El Mirador.
Alcira recibió la bofetada sin previo aviso. Antes de procesar lo que había pasado, vio cómo su salvador la dejaba abandonada. Su mente entró en pánico.
Miró aterrada a Roxana y luego al Dueño Darío, cuya sonrisa le daba escalofríos. Retrocedió lentamente mientras intentaba amenazar a Roxana.
—Mis papás me mandaron a cerrar un trato con Carlos. ¡Y tú lo ahuyentaste! ¡Se los voy a contar todo y vas a ver cómo te castigan!
Apenas llegó a la puerta, salió corriendo como un conejo asustado.
—No hace falta —Roxana levantó su teléfono—. Ya pedí uno.
Darío asintió y la acompañó hasta la salida. Solo después de ver que se subía al auto de manera segura, se dio la vuelta para entrar.
Tras dar un par de pasos, se dio cuenta de algo: ¡se le olvidó preguntarle qué hacía ella en El Mirador!
Era muy tarde para que una jovencita anduviera sola por ahí. ¿Qué tramaba?
Pero luego recordó que ella tampoco lo había presionado con sus secretos, y no pudo evitar sonreír.
Estaba bien. Tampoco la iba a investigar.
El respeto era mutuo; si su hermana respetaba su privacidad, él haría lo mismo.
A su debido tiempo, sabría lo que tenía que saber.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA