¿La estaba amenazando?
La mirada de Roxana se volvió gélida. Si algo odiaba en esta vida, eran las amenazas. "¿Quién te mintió? Te lo repetí mil veces: yo no te salvé. Fuiste tú quien se obsesionó conmigo y no dejó de insistir hasta que nos comprometimos".
Bajo esa mirada helada, Cristián sintió que el corazón se le encogía de golpe.
Desde que había sido elegido como el heredero de la familia Mota, había conocido a magnates y personas de inmenso poder, ¡pero ninguno le había causado esa sensación de opresión tan sofocante!
En el fondo, Cristián sabía que Roxana decía la verdad. Había sido él quien se aferró al compromiso para ganarse la influencia de los Maldonado y demostrarle a su padre de lo que era capaz.
Era un tema que no convenía sacar a la luz.
Si tan solo Roxana fuera un poco más dócil, tan dulce y comprensiva como su querida Alcira, y supiera cuándo callar para no avergonzar a los demás, él no habría sido tan duro.
Pero esa mujer, que no tenía nada en la vida, se atrevía a ser así de arrogante y afilada. ¡Qué derecho tenía!
Aterrada de que Roxana sacara el tema del video otra vez, Alcira puso su mejor cara de santa. "Cristián, déjalo, lo pasado, pasado. No vale la pena seguir peleando. Si mi hermana dice eso, pues así será. Yo confío en ti".
"Tienes razón, Alcira. No voy a rebajarme a discutir con alguien de su calaña", resopló Cristián con desprecio.
Alcira se aferró a su brazo y prácticamente huyó hacia el restaurante.
Roxana los vio alejarse y soltó una carcajada burlona.
No iba a hacerle el favor de desenmascarar a Alcira frente a él. Al fin y al cabo, Cristián tampoco era una blanca paloma.
Aunque... al principio no tenía intenciones de remover el pasado, ahora había cambiado de opinión.
Si ella había logrado posicionar a Cristián donde estaba, también podía derribarlo y pisotearlo.
"¡Vaya, vaya! Pensé que venir a Puerto Esperanza sería aburrido, pero en el primer día ya tengo un chisme buenísimo. Dime, Roxana, si mi tío y mi tía se enteran de que eres una mentirosa calculadora, ¿crees que te seguirán queriendo?", atacó Elba con su habitual tono venenoso.
No solo era una estafadora, ¡sino que además su prometido la había abandonado! ¡Qué vergüenza!
Yara no planeaba seguirle el juego a Elba, pero esas palabras tocaron la fibra más sensible de sus propios miedos.
Aunque sus padres adoptivos la trataban de maravilla, había un vacío de casi veinte años que no se podía ignorar.
Incluso los Maldonado, que habían criado a Roxana por años, se habían dejado engañar por los chismes tan fácilmente.
Ella no podía darse el lujo de bajar la guardia.
También sabía que los Soler jamás habían dejado de buscar a su verdadera hija.
Entonces... ¿era posible que la chica frente a él fuera la verdadera heredera de la familia Soler?
Roxana miró al gerente con indiferencia. "¿Mi hermano Darío no está en Puerto Esperanza?".
El gerente asintió apresuradamente. "Así es, el joven Darío viajó al extranjero y aún no ha regresado".
Al ver que Roxana seguía impasible, temió que lo tomara a mal y agregó: "El jefe seguramente no sabía que usted vendría. Si lo hubiera sabido, de seguro le habría preparado un buen regalo".
"Tal vez", murmuró Roxana, caminando hacia el interior.
Conociendo lo mucho que sus padres se desvivían por ella, era imposible que Darío no supiera que iba a viajar. Y sin embargo, solo había dejado regalos para Yara.
¿Era una declaración de guerra o simplemente estaba marcando su territorio?
Roxana se rio por lo bajo.
No importaba. No tenía tiempo para juegos infantiles.

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