En cuestión de minutos, Roxana terminó de colocar las agujas. Al tener sus cinco sentidos sellados, Mónica quedó inmersa en un letargo profundo, respirando con una calma absoluta.
—Tío Marcelo, este tratamiento la mantendrá en este estado por exactamente veinticuatro horas. Una vez transcurrido el tiempo, necesitaré que tú le apliques la siguiente sesión de acupuntura.
La joven se limpió las manos y continuó explicando con tono profesional:
—La Técnica del Letargo solo puede aplicarse un máximo de tres veces seguidas. Si superamos ese límite, el daño neurológico será irreversible, sin importar lo que hagamos. Por lo tanto, partiré al país M esta misma noche. El viaje de ida y vuelta nos tomará tres días, tiempo suficiente si todo sale según lo planeado.
—Entendido. Yo me haré cargo de las agujas —asintió Marcelo. ¡Se trataba de la vida de su hija, no había margen para el miedo ni para el error!
Al escuchar que viajaría esa misma noche, Valeriano intervino sin perder un segundo:
—Ya le ordené a Leandro que prepare mi jet privado. Aterrizará en el helipuerto de la familia Soler en aproximadamente una hora. Tienes tiempo para ir a casa y empacar lo necesario.
—Excelente idea, joven Valeriano —aprobó Marina de inmediato—. Roxana, mi niña, sé que solo te vas por tres días, pero la comida en el extranjero suele ser desabrida y terrible. Voy a pedirle al chef que te prepare algunas de tus comidas favoritas en envases herméticos. Al menos para que no tengas que comer sándwiches fríos el primer día.
Sin esperar respuesta, Marina tomó su teléfono y llamó a la mansión Soler para dar las indicaciones. Hizo especial énfasis en que no prepararan nada picante. Su hija había estado durmiendo poco, y el exceso de picante podría causarle brotes en la piel, pero pidió que tampoco fuera comida de hospital; tenía que ser algo delicioso y reconfortante.
Yara, quien estaba de pie cerca de la puerta, escuchó cada instrucción de Marina. Sintió que mil agujas le perforaban el corazón.
En el pasado, cuando ella salía de campamento con la universidad, Marina solía llamar a los chefs con esa misma devoción, dictando cada platillo según sus gustos.
Ahora, todo ese amor, toda esa atención meticulosa... se la estaban entregando a Roxana, multiplicada por mil.
«¡Qué ironía!»
Si las cosas seguían así, ¿llegaría el día en que le exigirían devolver hasta el apellido que llevaba?
—¡Roxana!
Justo cuando la familia se preparaba para regresar a su mansión, Darío irrumpió en la habitación, con el rostro pálido y la respiración agitada.
—¡Algo anda mal! Es Dulce... La llamé y su teléfono está apagado. Tampoco logro comunicarme con los guardaespaldas que dejé en el hospital. ¡Creo que algo terrible acaba de pasar!
—Tranquilo, Darío. Dame un segundo, déjame hacer una llamada.
Sabiendo que Dulce era el blanco de criminales peligrosos, Roxana no solo había confiado en la seguridad de su hermano, sino que había enviado a sus propios operativos para custodiar la habitación en secreto.
Mateo, dándose cuenta de que la situación de Dulce no era un simple capricho de su hermano, puso una mano sobre el hombro de Marina.
—Mamá, por favor, cálmate. Dejemos que Roxana haga su llamada y averigüe qué está pasando. Luego decidimos.
Rafael también intervino, tomando la mano de su esposa.
—Mi amor, respira. Conoces a Darío; puede ser impulsivo, pero no involucraría a su hermana en algo peligroso sin una buena razón. Seguro hay una explicación.
El pánico de Marina cedió levemente.
En ese momento, Roxana colgó el teléfono y regresó junto a ellos.
—Roxana, cariño... ¿qué ocurrió? ¡Por favor, dime la verdad, no me ocultes nada! —suplicó Marina, tomándola de las manos, con los ojos llenos de terror.
Roxana la miró y no pudo evitar soltar un suspiro interno.
Su madre estaba profundamente traumatizada por haberla perdido tantos años atrás; cualquier anomalía la ponía al borde del colapso.

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