Al mencionar el pasado, los rostros de esos estudiantes se tensaron por un segundo, pero rápidamente estallaron en risas frías.
—Eso fue porque no conocíamos tu verdadera cara, nos tenías engañados.
—Exacto. Te seguíamos porque pensábamos que de verdad eras talentoso. ¡Jamás imaginamos que fueras un fraude!
—Marco, te aconsejo que cierres la boca. Ahora mismo eres como una rata callejera; si nos sigues provocando, el único que va a salir perdiendo eres tú.
—Hace un momento vimos todo. No solo ofendiste a los directivos, sino también a la mismísima Roxana. Así que mejor bájate de tu nube, ¡porque es muy probable que mañana ni siquiera figures en los registros de la universidad!
—Así es. Es muy probable que en el futuro tengas que venir arrastrándote a pedirnos favores, así que más te vale no hacernos enojar ahora o no tendrás a nadie a quien acudir.
Fue entonces cuando Marco se dio cuenta de que algo andaba mal. ¿Cómo se habían enterado de todo?
De repente, giró la cabeza y vio que en el vestíbulo que antes estaba despejado, ahora había una enorme pantalla proyectando en tiempo real todo lo que ocurría dentro de la sala de evaluación.
La furia de su rostro se desvaneció al instante, reemplazada por una palidez cadavérica.
Así que todo lo que había sucedido allá arriba había sido transmitido en vivo... Con razón estos idiotas tenían la osadía de humillarlo de esa forma.
¡Malditos!
Al verlo tan furioso que no podía articular palabra, los demás no perdieron más tiempo con él. Uno a uno se acercaron a adular a Silvano, tratando de mejorar su relación con él.
Silvano los ignoró por completo y se marchó en silencio.
Aunque se sintieron molestos por el desaire, ninguno se atrevió a decir nada. Silvano ya no era el mismo; ya no era aquel chico indefenso del que Marco podía abusar a su antojo.
Había aprobado el examen de la Academia de Élite bajo la atenta mirada de Don Abelardo y, por si fuera poco, tenía conexión con el equipo de la legendaria genio «Roxana». ¿Quién sabe? Tal vez en un futuro tendría la oportunidad de colaborar directamente con ella.
Ante alguien con ese potencial, lo mejor era andar con mucho cuidado.
En el segundo piso.
Roxana, Yara y los demás concursantes entraron y se pararon frente al panel de jueces.
Aunque el rostro de Don Abelardo mantenía la severidad propia de un rector, al ver a Roxana, un destello de calidez afloró inconscientemente en su mirada.

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