—Jaja, antes decían que Héctor lo tenía muy consentido, creí que era un rumor, pero veo que es verdad.
—¡Sí, fíjate, tiene el cutis tan delicado que parece mujer, es una vergüenza para los hombres!
—¡Ni que lo digas! En lugar de portarse como un hombre de verdad, se la pasa detrás de los demás, ¡qué asco!
—Ahora que Fabián lo tiene en la mira, se lo tiene bien merecido. Todos saben que Fabián odia a los afeminados, ¡a ver cuánto aguanta antes de que lo hagan sangrar! ¡De solo pensar en el baño de sangre que se viene, me emociono!
Roxana Soler escuchaba las burlas y los insultos de la multitud sin que su mirada reflejara ninguna emoción.
Esa gente llevaba tanto tiempo en aquel lugar aislado del mundo, que la humanidad en su interior había sido aplastada por sus instintos más salvajes.
Cualquier noción de ley o moral había quedado en el olvido.
Por eso, su única ley era la fuerza bruta.
El hombre que acababa de molestarla, por ejemplo, claramente era uno de los más fuertes del grupo, lo que le garantizaba el respeto de todos.
En cambio, Fausto, el hombre por el que ella se hacía pasar, evidentemente ocupaba el escalón más bajo de esa sociedad.
Dejando de lado sus preferencias personales, su complexión delgada lo condenaba a no encajar en aquel grupo.
—¡Qué haces ahí parado! —le gritó furioso el hombre llamado Fabián—. ¿No vas a obedecer mis órdenes? ¿Acaso quieres morir? ¡Yo te hago el favor!
Se levantó lleno de ira, dispuesto a atacarla.
En ese momento, todos escucharon un ligero chasquido. La tapa de la botella de licor había sido retirada.
Y, además, el afeminado que estaba frente a él la sostenía intacta en su mano.
—Señor, ya la abrí.
Roxana mantuvo la cabeza baja y le mostró la palma abierta.
Fabián, que estaba a punto de estallar de furia, se quedó pasmado al verlo.
Era evidente que no esperaba que ese afeminado pudiera hacer algo así.
Los demás también se quedaron atónitos y dirigieron la mirada hacia Fabián en silencio.
Al sentirse observado por todos, Fabián sintió una profunda irritación, como si lo estuvieran humillando públicamente.
—Ábrelas todas. Y te lo advierto, si no lo logras, entonces yo...

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