—Je, je.
Patricio soltó una carcajada repentina, revelando un atractivo casi demoníaco.
—Si no lo mencionas, casi se me olvida.
Nader entrecerró los ojos.
—Mientras lo recuerdes... ¡Argh!
No pudo terminar la frase. En el siguiente segundo, vio cómo Patricio, ágil como un felino, saltaba sobre el escritorio y lo agarraba por el cuello.
Ladeó la cabeza ligeramente, con una sonrisa sarcástica.
—¿Y qué importa? ¿Acaso ustedes han ganado poco dinero en todos estos años? Nosotros cargamos con los riesgos y ustedes disfrutan del dinero y la fama. ¿De verdad creíste que los necesito para sobrevivir?
Nader intentó hablar, pero solo de su boca salieron ruidos ahogados.
Abrió los ojos desmesuradamente, lleno de terror, mientras intentaba soltarse de sus manos.
Pero Patricio lo ignoró y sonrió con malicia.
—Si no fuera porque todavía son útiles, ¿crees que la Familia Solórzano seguiría teniendo una vida tan pacífica?
Nader, atónito, lo miró fijamente.
Patricio echó un vistazo a la oscuridad de la noche por la ventana, y en sus ojos gélidos brilló un destello de interés.
—Ya casi es la hora. Supongo que los pequeños roedores ya se infiltraron.
Al pensar en algo que le resultaba divertido, la frialdad de su expresión se desvaneció un poco.
Con un gesto de compasión condescendiente, soltó a Nader y le dijo con una sonrisa:
—Esta vez te lo voy a dejar pasar, pero la próxima vez que olvides tu lugar, no dudaré en buscar a otro socio.
—¡No te a...!
La palabra quedó a medias en la boca de Nader, ahogada por la mirada afilada de Patricio, fría como una cuchilla de hielo.
Aunque la Familia Solórzano tenía negocios con varias mafias en el país M, la Secta del Hado, liderada por Patricio, era la máxima autoridad en el mundo subterráneo.
Si lo ofendía, su familia no volvería a conocer la paz.

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