—¡Rector! ¿En un momento como este todavía piensa encubrirla? ¿Tendrá que esperar a que esta chica destruya por completo la reputación de la Universidad del Sur para darse cuenta de quién es en realidad?
Don Abelardo sintió que su furia se multiplicaba por doce ante la terquedad de Lidia.
Temiendo que al anciano le diera un ataque, Roxana alzó un poco la voz.
—¿No es evidencia lo que quieren? Tampoco es que no la tenga.
Yara y Lidia palidecieron al unísono, negándose a creer sus palabras.
Yara todavía intentó advertirle con falsa preocupación.
—Roxana, no sigas cometiendo un error tras otro. Es un asunto sin importancia, pero si sigues aferrándote a tu terquedad, convertirás esto en un gran problema del que no podrás salir.
Roxana la observó con una sonrisa burlona.
—¿De qué tienes prisa? ¿Acaso tienes miedo de que muestre la evidencia y tanto tú como la profesora Lidia queden en ridículo?
En el fondo, Yara se alegró de verla tan obstinada.
—De verdad eres... ay, haz lo que quieras. ¡Ya no me meteré más en este asunto!
Al decirlo, puso cara de víctima, como si todas sus buenas intenciones hubieran sido arrojadas a la basura.
Lidia soltó un bufido frío.
—Roxana, ya que insistes, ¡quiero ver de qué eres capaz para sostener esa enorme mentira tuya!
Para ella, Roxana no era más que una mala estudiante. ¡Jamás creería que tuviera el poder de colaborar con el Maestro Ezequiel!
Una vez que el ambiente se calmó, Roxana caminó serenamente hacia Don Abelardo.
—Rector, ¿me presta su celular?
Al escucharla, Don Abelardo supo de inmediato lo que planeaba y se resistió un poco.
—M-mi teléfono se quedó sin batería.
Roxana arqueó una ceja.
—¿En serio? Bueno, entonces usaré el mío.
Anteriormente, para evitar molestias, había bloqueado a varias personas, incluido Ezequiel. Tendría que sacarlo de la lista negra.
Al oír eso, Don Abelardo cambió de opinión de inmediato.

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