No era la primera vez que la familia Maldonado intentaba manipularla emocionalmente. Frente a las acusaciones de la multitud, la mirada de Roxana permaneció imperturbable.
—Es verdad, la sangre no llama, pero el cariño del día a día no se finge. ¡Criar a alguien tiene más mérito que darle la vida! ¿Cómo puede esta chica olvidar sus raíces de esa forma?
—Yo había escuchado que los Maldonado devolvieron a su hija adoptiva a sus padres biológicos, y pensé que habían sido crueles. Pero viendo la actitud de esta muchacha, parece que apenas encontró a su verdadera familia, los desechó como si fueran basura.
—¡Esto parece sacado de una telenovela! Es la primera vez que veo a una malagradecida así en la vida real. Los Maldonado tienen demasiada paciencia. ¡Si fuera yo, ya le habría cruzado la cara de una bofetada!
Mientras tanto, desde su silla de ruedas, Valeriano Sandoval acariciaba suavemente una pequeña pieza de colección de madera.
Aunque había varias personas tapándole la vista, a través de los huecos de la multitud logró distinguir los ojos fríos y desafiantes de Roxana.
Frunció el ceño y detuvo el movimiento de sus dedos.
«¿Por qué la familia Maldonado la está molestando otra vez?»
La Matriarca Beatriz notó el revuelo en medio de su celebración. Una ligera sombra de desagrado cruzó su amable rostro.
Pero al bajar la mirada y ver a su adorado nieto observando fijamente la escena, el disgusto se transformó en sorpresa.
Su nieto siempre había sido de carácter gélido. La familia había intentado presentarle a un sinfín de herederas de la alta sociedad, pero sin excepción, él siempre lograba que las pobres muchachas se fueran llorando de frustración.
Por mucho tiempo llegó a pensar que él simplemente no tenía interés en el romance. Pero ahora se daba cuenta de que el problema no era la falta de interés, sino que nunca había encontrado a alguien que realmente lo atrapara.
—Ve a averiguar qué está pasando —ordenó Fernando Sandoval a un sirviente, con voz grave.
—Enseguida, señor —respondió el empleado, apresurándose hacia la multitud.
—¿Qué clase de persona no tiene sentido común para armar un escándalo en el cumpleaños de mi suegra? —se quejó Verónica, visiblemente molesta.
Como esposa de Fernando, ella era la señora de la casa.



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