Incluso había una pizca de recelo en sus ojos.
—Felicidades, Roxana, lograste enfurecerme de verdad. Al principio no planeaba matarte, pero ya me hartaste. Arruinas mis planes y no dejas de meterte en mi camino, no me dejas otra opción.
Roxana soltó una carcajada burlona:
—Qué coincidencia. Yo tampoco quería perder mi tiempo contigo, pero resulta que lideras la organización que más odio. ¡Así que no tendré más remedio que eliminarte!
—¿Eliminarme? —Patricio sonrió como si acabara de escuchar un buen chiste, frotándose las sienes mientras daba unos pasos, antes de mirarla fijamente—. No tendrás esa oportunidad, porque jamás dejaré que salgan de aquí con vida.
—Jefe.
En ese momento, un secuaz se acercó a toda prisa y dijo con respeto:
—Todo está listo. Podemos irnos cuando lo ordene.
Roxana sintió un mal presentimiento.
Antes de que pudiera hablar, Patricio la miró con una sonrisa llena de suficiencia.
—¿No querías encontrar respuestas sobre el Orfanato del Valle? Bueno, no digas que no te di la oportunidad.
Las respuestas están en esta isla.
Pero no tienes mucho tiempo. En diez minutos, las bombas que escondí detonarán y esta isla entera se hundirá en el mar.
Y ahora dime, ¿vas a salvar a la gente o seguirás investigando?
El corazón de Roxana dio un vuelco. ¿Diez minutos?
¡No era tiempo suficiente!
Siete y Alonso la miraron horrorizados; era evidente que tampoco sabían lo de las bombas.
—Patricio, eres la peor escoria humana —le recriminó Roxana con asco.
A Patricio no le importó en absoluto.
De hecho, la furia de Roxana lo hizo sonreír.
—Gracias por el cumplido. Bueno, nos despedimos aquí. Dudo mucho que sobrevivas, pero si ocurre un milagro, nos veremos en Estados Unidos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA