Todos sabían que los Sandoval eran inalcanzables y difícilmente accederían a ayudarlo. Pero si lograban conectarse con la familia Soler, aunque fuera a través de un vínculo mínimo, sus posibilidades de supervivencia aumentarían drásticamente.
—Es mentira. Te está engañando —respondió Roxana, con un tono helado.
El rostro de Ricardo se tensó. Dirigió una mirada afilada hacia Alcira, que acababa de llegar corriendo detrás de él.
—Alcira, ¿tu hermana dice que me estás mintiendo?
Alcira había arrastrado a su madre, Elena, a toda prisa, previendo que Roxana lo negaría. Intervino rápidamente, con voz lastimera:
—Roxana, la señorita Soler te estuvo defendiendo y cuidando el otro día. Mi madre y yo lo vimos con nuestros propios ojos. Ahora que papá viene a buscarte, ¿cómo tienes el descaro de negarlo?
Elena resopló con desdén.
—A fin de cuentas, somos tus padres adoptivos. Aunque te devolvimos con tu familia biológica, los más de diez años que te mantuvimos no fueron una ilusión. Ahora que tu padre solo te pide un pequeño favor, le pones excusas y encima le mientes en la cara. ¿No te da vergüenza?
Ricardo notó que varios invitados ya estaban volteando a mirarlos. Temiendo un escándalo, les hizo una seña para que se apartaran a un rincón discreto.
Pero Roxana no movió ni un músculo.
Miró a esa familia de tres con una frialdad absoluta.
—Si mi memoria no me falla, el día que me fui de su casa dejamos nuestras cuentas saldadas. Que ahora vengan usando el título de "padres" para exigirme cosas... ¿Qué pasa, se arrepintieron y ahora quieren usar el chantaje emocional?
Ricardo se enfureció, pero recordando que estaban en territorio Sandoval, tuvo que contener el volumen de su voz.
—¡Qué chantaje emocional ni qué estupideces! Yo te crie, y eso no lo vas a borrar con dos palabritas. ¡Camina, vamos a hablar a otro lado!
Roxana esquivó la mano que él intentó agarrar con asombrosa facilidad. Su mirada era pura indiferencia.
—No somos cercanos. No tengo nada que hablar con ustedes.
El altercado ya había captado la atención de buena parte de la sala.
Al ver que muchos los observaban, y que incluso el prestigioso Joven Darío se acercaba, Alcira pensó que él venía a intervenir. Rápidamente adoptó una postura frágil y vulnerable.
—Hermana Roxana, ¿cómo puedes hablarles así a nuestros padres? Es cierto que no llevan tu misma sangre, pero te criaron con amor durante años. Ahora solo quieren saber si estás bien. ¿Por qué eres tan cruel y dices que no los conoces? ¿Acaso todos esos años de vivir bajo el mismo techo fueron una farsa?
Elena, experta en leer el ambiente, vio que miembros de la familia Soler y Sandoval se acercaban. De inmediato fingió un profundo dolor.
—Sé que desde niña has sido muy terca... Y entiendo que nos guardes rencor por haberte enviado de vuelta con tus padres biológicos. Piensas que te abandonamos.
Secó una lágrima invisible y continuó:
—Pero ellos son tus verdaderos padres. Si vinieron a buscarte, ¿qué derecho teníamos de impedirlo? No somos de piedra, mi niña. Aunque tú nos desprecies, nosotros siempre te tratamos como a nuestro mayor tesoro. Verte ahora, pasando por tantas dificultades, nos destroza el corazón.
Los invitados, que no conocían la historia completa, se tragaron esas verdades a medias y, por inercia, se pusieron del lado del matrimonio Maldonado.
Pronto, los murmullos de desaprobación comenzaron a tachar a Roxana de malagradecida.

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