Alcira apretó los dientes en secreto.
No tuvo que pensarlo mucho para concluir que, sin duda, había sido Roxana. Seguro aprovechó su posición como sirvienta en la mansión Soler para contarles cuentos de terror, buscando despertar la lástima de esa poderosa familia y así vengarse de ellos.
Por eso, sacó a relucir su clásica actitud de víctima y dejó que sus ojos se llenaran de lágrimas.
—Joven Darío... estoy segura de que hay un terrible malentendido.
Fingió secarse una lágrima antes de continuar:
—Cuando mi hermana decidió ir a buscar a sus padres biológicos, mamá y papá le empacaron montones de cosas de valor, pero ella rechazó todo. Papá estaba tan preocupado de que sufriera carencias que incluso le ofreció un cheque en blanco, pero ella tampoco lo aceptó. Al final, se empeñó en irse solo con esa mochilita.
Mientras hablaba, lanzó una mirada cargada de intención hacia Roxana, buscando forzarla a validar su versión:
—Hermana, no me dejarás mentir, ¿verdad?
Roxana contestó con absoluta frialdad:
—No del todo falso.
Pero tampoco era la verdad completa.
Al ver que no lo negaba rotundamente, Alcira ni siquiera analizó el doble sentido de la respuesta. Con su mejor cara de dolor, volvió a dirigirse a Darío.
—¿Lo ve, joven Darío? Hasta ella lo admite. Pero no la juzgue muy duro, yo la entiendo perfectamente.
Suspiró con tono melodramático.
—Mis padres y yo sabemos que sus padres biológicos viven en Río Seco, un pueblo que es famoso por su extrema pobreza. Tengo entendido que sus padres son recolectores de basura, y que sus tres hermanos mayores son unos vagos que viven a expensas de los ancianos...
Alzó el rostro con expresión comprensiva.
—Me imagino el infierno que debe haber vivido al regresar a esa miseria. Así que, ahora que milagrosamente consiguió trabajo como sirvienta en la casa de la familia Soler, es lógico que intente dar lástima. Es su única forma de conseguir un poco de apoyo. Tal vez por eso les contó mentiras y generó este malentendido. Pero no importa, los malentendidos se arreglan hablando.
Alcira estaba convencida de que su discurso había sido impecable, compasivo y libre de fisuras. Seguramente ahora el joven Darío la vería con otros ojos.
Tenía una buena relación con Cristián, sin embargo, un heredero de la familia Soler jugaba en otra liga. Si lograba ganarse la admiración de Darío, sería el mayor triunfo de su belleza e inteligencia.
—¡Ja!
Sin embargo, en lugar de la esperada mirada de admiración, de los labios de Darío escapó una risa seca y cargada de desprecio.
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