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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 238

—Doctor Lorenzo, ¿cómo se encuentra mi madre? —preguntó Fernando de inmediato.

Aunque Fernando creía que Roxana sabía de medicina, no estaba seguro de cuál era el alcance real de sus habilidades, así que se dirigió primero al experimentado doctor.

Al escucharlo, el doctor sonrió amablemente y respondió:

—Pierdan cuidado, todos. La señora ya está fuera de peligro. A partir de ahora me encargaré de fortalecer su salud. En un máximo de tres meses, notarán una gran mejoría.

Fernando y los demás respiraron aliviados.

Una vez que el doctor terminó de hablar, miró de reojo a Roxana y añadió:

—Esta vez se lo debemos en gran parte a la señorita Roxana. Si no hubiera sido por las sugerencias que me dio, dudo que hubiera podido estabilizar a la señora con tanta rapidez.

Al oír esto, Fernando y Verónica se acercaron a Roxana para agradecerle sinceramente.

Roxana aceptó los agradecimientos con serenidad y una leve sonrisa.

—Señor y señora Sandoval, no es para tanto. En realidad, no hice mucho; el mérito es del excelente trabajo del Doctor Lorenzo.

El veterano médico, al ser elogiado, se acarició la barba con una sonrisa, aunque en el fondo sentía bastante vergüenza.

Desde que salieron de la habitación, la mirada de Valeriano no se apartó ni un instante de Roxana.

Aquejas sospechas, que antes había intentado acallar, volvieron a resurgir en su mente con más fuerza.

Mientras observaba cómo bromeaban y sonreían, el pecho de Ricardo ardía de rabia.

Apretando con fuerza el frasco que Fernando le había devuelto, se acercó a ellos y, forzando una sonrisa, intervino:

—Roxana, ¿quién iba a decir que sabías tanta medicina y nunca le dijiste nada a papá? Tuviste mucha suerte de contar con el respaldo del Doctor Lorenzo, porque si hubiera pasado algo malo, nadie habría podido salvarte el pellejo.

La sonrisa de Roxana se desvaneció de golpe.

—Señor Maldonado, compórtese. Solo tengo un padre, y desde luego no es usted.

—Tú... —El rostro de Ricardo se oscureció de ira, pero al no poder estallar frente a todos, su sonrisa se volvió aún más tensa y forzada.

»Ay, niña, ¿todavía sigues enfadada porque no te retuve en casa? En ese momento solo pensaba en lo mejor para ti. Tus padres biológicos te buscaron durante tantos años, ¿cómo iba a tener el descaro de impedirte volver con ellos? Ahora que has regresado a Puerto Esperanza, ¿qué te parece si vienes a la empresa a ayudar a tu padre?

Resultaba que justo tenía entre manos un nuevo proyecto de investigación médica. Si lograba que ella regresara, seguramente podría atraer nuevas inversiones para el proyecto.

De esa forma, incluso si la industria textil —el pilar de la empresa Maldonado— fracasaba, tendrían un plan de respaldo.

—¡Papá!

—¡Mamá! —exclamó Alcira, tirando desesperadamente de la manga de su madre al ver que también accedía.

Elena le hizo un gesto disimulado para que se tranquilizara.

El nuevo proyecto estaba en pañales; muchas cosas seguían siendo inestables y, lo más importante, les faltaba dinero.

Si Roxana se unía, el primer obstáculo que tendría que sortear sería el financiero.

Independientemente de si lograba resolverlo o no, ¡ella encontraría la excusa perfecta para echarla a la calle!

Pero Alcira no captó la indirecta. Pensó que su madre también había notado la nueva valía de Roxana y quería traerla de vuelta para compartir lo que, por derecho, le pertenecía solo a ella. Una profunda sensación de injusticia la invadió.

Sin embargo, delante de tanta gente importante, no podía hacer un berrinche, así que tuvo que tragarse su rabia.

Al ver que ambas cedían, Ricardo se volvió hacia Roxana.

—Roxana, ¿entonces mañana te presentas en la oficina?

Alcira se sintió aún más ofuscada al escucharlo y le clavó una mirada fulminante a Roxana.

Roxana, al ver la patética actuación de los tres, pensó que el espectáculo era bastante entretenido.

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