Bien, no había forma de convencer a alguien que ya tenía un pie en la tumba.
¡Ya no era su problema!
—Vámonos, Roxana. Si se quiere quedar, es su problema.
Roxana miró a Valeriano, firme como una montaña. Recordando el cariño que doña Beatriz siempre le había mostrado, decidió hacer un último esfuerzo.
—Valeriano, escucha bien. Esta subasta es una trampa.
No solo liberaron el virus M6 en el ambiente, sino que lo mezclaron con algo que altera el sistema nervioso. Por eso la gente de abajo está tan eufórica.
La concentración de ese gas subirá con los minutos, y nuestras píldoras antídoto no serán suficientes para protegerte.
Estoy convencida de que la Secta del Loto Carmesí organizó todo esto para dominar la voluntad de las bandas presentes y someterlas.
¿Estás seguro de que quieres meterte en este lío?
—¡Señor Sandoval!
Leandro entró en pánico al oír que aquel gas podía controlarles la mente.
—La señorita Roxana tiene razón. La Hierba Ígnea de Sangre vale mucho, pero su vida vale más. Permítame escoltarlo afuera. Cuando la tormenta pase, hallaremos la forma de comprar la hierba.
Mientras la planta no saliera de la Región de los Tres Oros, siempre habría una manera de conseguirla.
¡Pero no podían arriesgar la vida del señor Sandoval!
Valeriano entrecerró los ojos. Esta vez, no se negó.
Si solo fuera el M6, podría conseguir el antídoto por la fuerza.
Pero si había una sustancia que alteraba la mente, el riesgo era inasumible.
—Llama a nuestros hombres de afuera y diles que preparen la salida —ordenó.
Aliviado, Leandro sacó su teléfono apresuradamente.
Pero entonces, su rostro palideció.
—¡Señor Sandoval... no hay señal!
Roxana y Julián revisaron sus propios teléfonos. También estaban muertos.
—Cortaron las comunicaciones —dijo Julián con una sonrisa cínica—. Alguien quiere que muramos aquí adentro.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Leandro, cada vez más angustiado—. Nuestros hombres están esperando mi mensaje. Sin la orden, no entrarán.

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