Bastián, al escuchar la orden de Valeriano, se sorprendió bastante.
El Joven Valeriano nunca había sido alguien que se preocupara por proteger a una mujer. Era la primera vez que tomaba la iniciativa de enviar a alguien a rescatar a una chica.
«Aquí hay gato encerrado, definitivamente hay algo más», pensó Bastián.
Casi de un salto, corrió velozmente hacia donde estaba ella y notó de inmediato que estaba herida.
—¡Tu cuello está sangrando!
Roxana levantó la mano y se frotó la herida.
Al ver sus dedos manchados de rojo, su fría mirada se oscureció de inmediato.
Había anticipado el movimiento de Claudio y se había apartado, pero los fragmentos lograron alcanzarla de todos modos.
La última persona que la lastimó ya era solo polvo bajo la tierra.
Valeriano también notó el corte en su delicado cuello de porcelana. Su semblante, siempre sereno, cambió drásticamente mientras le gritaba:
—¡Roxana, ven aquí rápido!
—No —rechazó ella con voz gélida.
¡Ese tal Claudio tendría que pagar muy caro por atreverse a lastimarla!
Al escuchar su negativa, Bastián trató de persuadirla rápidamente.
Después de todo, con la situación tan crítica, no era momento de hacerse la valiente.
Sin embargo, en el siguiente segundo, la figura aparentemente frágil frente a él se lanzó hacia adelante a la velocidad de un relámpago.
Por donde pasaba, los hombres caían como moscas entre gritos de agonía.
—¡Maldita sea! ¿Qué demonios está pasando?
Leandro y su grupo también estaban atónitos.
Con las mandíbulas casi tocando el suelo, observaron cómo Roxana, sin empuñar arma alguna, abría un camino de sangre a golpes limpios a través de una densa multitud de enemigos.
¿Qué clase de fuerza monstruosa era esa?
—Joven Valeriano... e-e-esa señorita Roxana... —tartamudeó Leandro, dominado por la emoción.
Si la señorita lograba capturar a Claudio con vida, ¡sus posibilidades de ganar serían inmensas!
Valeriano observaba a esa figura implacable, y en sus ojos, usualmente indiferentes, asomó un destello de sorpresa.
Creía que el dominio de Roxana en la medicina era suficiente para dejar a cualquiera boquiabierto, pero nunca imaginó que sus habilidades de combate fueran igual de aterradoras.
Por primera vez en su vida, alguien le provocaba una sensación indescifrable.
Ella era un absoluto misterio.
—¡Viva la Jefa Roxana!
Julián, quien acababa de esquivar una bala por los pelos, aterrizó y vio cómo su jefa aplastaba a todos a su paso. No dudó en vitorearla a todo pulmón.
¡Ese animal de Claudio se había metido con la persona equivocada!
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