—¡Qué! ¿Hay veneno en el aire?
Tigre y Bastián palidecieron al instante tras escuchar eso. Sus rostros se tornaron sumamente sombríos.
—No se desesperen, que mientras más rápido se alteren, más rápido hará efecto el veneno. Ninguno de ustedes podrá escapar. ¡Quédense calladitos y esperen su turno para convertirse en mis marionetas! —Hernán soltó una carcajada estridente, saboreando el éxito de su venganza.
—Hernán, ¿para qué pierdes tiempo hablando con ellos? Antes de que esta escoria enloquezca y se maten entre sí, tráeme a esa mujercita. ¡Cuando termine de divertirme con ella, se la echaré a los perros! —Claudio clavó su mirada viciosa en Roxana, quien estaba de pie a un lado.
Tenía que admitirlo, era una verdadera diosa.
¡Incluso juntando a todas las mujeres con las que se había acostado, ninguna le llegaba a los talones!
Lástima que él nunca fue un caballero con las mujeres, y alguien tan peligrosa como ella no podía quedarse viva a su lado.
Incluso si le cortaba los tendones de las manos y las piernas, temía que ella encontrara la forma de agarrar un arma con los dientes para asesinarlo mientras dormía.
—¡Ja!
Roxana soltó una risa desdeñosa, mirando al intimidante Claudio como si ya fuera un cadáver.
—En lugar de dejar que tus bajos instintos piensen por ti, deberías revisarte el brazo izquierdo. De lo contrario, ni siquiera sabrás cómo fue que te moriste.
La sonrisa de Claudio se congeló y de inmediato bajó la vista.
Sin saber en qué momento, una aguja de plata se había clavado en su brazo izquierdo.
Lo peor era que la piel alrededor de donde había entrado la aguja ya había adquirido un tono verde oscuro, un tono perturbador que indicaba claramente una toxina letal.
Su respiración se agitó de golpe.
—¿Tú hiciste esto? ¡Qué demonios es esto!
—«Asfixia Sangrienta». Sella tu garganta al instante en que entra en contacto con la sangre. Morirás en menos de cinco minutos —respondió Roxana, con la calma de quien habla del clima.
Claudio quedó paralizado, como si un rayo lo hubiera fulminado.
Hernán, temiendo que se dejara engañar, intervino rápidamente:
—¡No le creas, te está mintiendo! Un veneno como ese es extremadamente raro. ¿De dónde sacaría una niñita algo así?
Claudio levantó la vista de golpe, tratando de buscar algún rastro de duda o nerviosismo en el rostro de Roxana.
Pero en su semblante suave y tranquilo no había absolutamente nada.
¡Estaba completamente segura de que él moriría!
Por primera vez, Claudio dudó del juicio de Hernán. ¿Por qué presentía que esta muchacha estaba diciendo la verdad?
¡No, él no podía morir!
Con el rostro pálido, preguntó:
—¿Qué quieres a cambio del antídoto?
Hernán casi explota de rabia al ver que estaba dispuesto a ceder.
—¡Todas las facciones de la Región de los Tres Oros están aquí! ¡Podemos eliminarlos de una buena vez! Si dejamos pasar esta oportunidad, ¡quizá nunca volvamos a tener otra igual!
—¿Cuál es la prisa? Te lo daré en cuanto salgamos del lugar.
Roxana se dio la vuelta y le hizo una seña a Julián para que avanzara con ella.
Caminaban sin prisa alguna, como si todo lo que acababa de suceder hubiera sido solo una obra de teatro aburrida, incapaz de alterar su paz.
Valeriano la observó pensativo por un segundo y luego ordenó a Leandro que los siguiera.
Finalmente, el grupo se retiró.
Temeroso de que Roxana no cumpliera su palabra, Claudio ordenó a sus hombres que lo siguieran a una distancia prudente.
Afortunadamente, en cuanto salieron, encontró un pequeño frasco de porcelana blanca en el suelo.
Lo olió con cuidado. No tenía ningún olor extraño.
Viendo que los cinco minutos estaban por cumplirse, no dudó más y bebió el contenido de un solo trago.
Pero antes de poder tragarlo por completo, un líquido espeso, rojo y dulce emergió de su garganta de forma incontrolable.
—¡Jefe!
Sus hombres se desesperaron al verlo escupir sangre sin parar.
Para entonces, el auto en el que iban Roxana y los demás ya se alejaba a toda velocidad.
El grupo se quedó sin un líder claro. Quisieron detenerlos, pero no pudieron hacer nada.

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