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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 295

—Alcira.

En ese momento, resonó la voz de Cristián Mota.

Alcira se giró y, al ver a su novio luciendo un impecable traje a la medida, la rigidez de su rostro desapareció al instante, reemplazada por una sonrisa dulce y encantadora.

—Cristián...

Cristián bajó de su auto, la miró de arriba abajo y sonrió con ternura.

—Estás preciosa hoy. Pareces una princesa sacada de mis propios sueños.

Alcira se sonrojó de inmediato, se aferró a su brazo y murmuró con coquetería:

—Ay, Cristián, no digas eso que aquí hay periodistas...

Ricardo y Elena, que acababan de bajar del auto, se llenaron de orgullo al ver a Cristián y a su hija demostrándose tanto amor.

—Cristián.

—Señor Ricardo, señora Elena.

Cristián se acercó llevando a Alcira del brazo.

Ricardo se dio cuenta de que el auto de Cristián ya se estaba alejando lentamente y que no había nadie más en los asientos traseros.

—Cristián, ¿no vinieron tus padres?

Al mencionar el tema, la expresión de Cristián cambió por una fracción de segundo, pero enseguida explicó con una sonrisa:

—Mis padres querían venir, pero les surgió un imprevisto de última hora. Me pidieron especialmente que les mandara sus saludos y que por favor los disculpen.

Ricardo, que llevaba años lidiando con los tiburones del mundo empresarial, captó de inmediato el verdadero significado detrás de esa excusa.

Su sonrisa se enfrió un poco.

La familia Maldonado, después de todo, era una de las más ricas de Puerto Esperanza. ¡La actitud de los Mota dejaba claro que los menospreciaban por completo!

Alcira también presintió que a los padres de Cristián no les caía muy bien y apretó un poco más su agarre en el brazo del joven.

Solo Elena mantuvo la compostura. Le sonrió a Cristián y dijo:

—Ah, entiendo, no te preocupes. Cuando Alcira gane un buen lugar en este concurso, invitaremos a tus padres a cenar para celebrar.

Cristián lo pensó un momento y asintió.

—Me parece perfecto.

Los periodistas, que hasta ese momento habían estado dudando, se lanzaron a fotografiarlos en cuanto vieron llegar a Cristián.

Aunque el negocio de la familia Maldonado iba en picada, los Mota estaban en su mejor momento. Se rumoreaba que habían cerrado un trato con la gigante internacional M&R Global.

—¡Ahí adelante! ¡Corran, que nos ganan el mejor ángulo!

Antes de que los cuatro pudieran reaccionar, los reporteros que los rodeaban se dispersaron como abejas, corriendo frenéticamente hacia la otra dirección.

Voltearon a mirar con disgusto.

Y entonces vieron a una chica bajar de un auto, deslumbrante en un vestido de lentejuelas azul claro y adornos de flecos en el cabello.

Si Alcira parecía una princesa salida de un cuento de hadas, la otra chica parecía una deidad descendida del cielo.

Cada uno de sus movimientos era de una elegancia inmaculada.

Incluso el hombre que caminaba a su lado desbordaba un aura de autoridad, exudando una nobleza innata.

Alcira creía que iba a ser el centro de atención de la alfombra, pero una vez más, Yara la había opacado por completo.

Se sintió consumida por los celos, pero no había nada que pudiera hacer. Solo le quedó jalar el brazo de Cristián y murmurar:

—Cristián, mejor entremos ya.

Pero Cristián se había quedado petrificado mirando a aquella chica de belleza celestial, y sin poder evitarlo, preguntó:

—Alcira, ¿quién es ella?

El corazón de Alcira dio un vuelco.

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