El mesero fue empujado bruscamente y, aún asustado, levantó la mirada solo para ver a Roxana Soler girando en el aire. Con una agilidad impresionante, apoyó ambas piernas contra la pared en un perfecto *split*, suspendida sobre el suelo.
Al mismo tiempo, una figura vestida de negro salió disparada desde el interior de la sala privada, lanzando una patada veloz hacia donde Roxana había estado parada apenas un segundo antes.
—¡Crack!
Se escuchó un crujido seco. El mesero abrió los ojos de par en par al ver que la costosa baldosa de mármol del piso se había agrietado bajo el impacto.
—¿Eh? ¿A dónde se fue? —murmuró la figura de negro, mirando a su alrededor al ver que su objetivo había desaparecido.
¡Antes de que pudiera reaccionar, sintió una ráfaga helada cayendo desde arriba!
Intentó defenderse, pero un dolor punzante, como si le estuvieran desgarrando los músculos, le atravesó el cuello y los hombros.
En un instante, cayó de rodillas al suelo, completamente paralizado.
No podía mover el cuello y una sensación de asfixia se extendió rápidamente hasta su pecho. Su rostro se llenó de pánico, pero por más que lo intentaba, no podía emitir ningún sonido.
—¡Jefa, es de los nuestros! —gritó Julián desde adentro de la habitación, dándose cuenta de que la situación se había salido de control.
Roxana le lanzó una mirada gélida. Solo entonces aflojó el agarre de sus piernas alrededor del cuello del sujeto, se dejó caer hacia atrás con un salto mortal impecable y aterrizó suavemente en el suelo.
El muchacho, al sentir que volvía a respirar, apoyó las manos en el piso y empezó a jadear desesperadamente.
—¿Esta es la gran sorpresa de la que hablabas? —preguntó Roxana, parada en la puerta, mirándolo con frialdad.
Julián, maldiciéndose internamente por su mala idea, se apresuró a explicar:
—¡Jefa, este chico es un fanático de la acción! Le conté que eras una campeona en combate y no aguantó las ganas de medir fuerzas contigo. ¡Te juro que intenté detenerlo! No te enojes, ven, siéntate. ¡Pedí todos tus platos favoritos!
Roxana miró de reojo al chico que seguía tratando de recuperar el aliento.
Era un joven.
Tenía la piel bronceada, extremidades largas y músculos bien definidos. A simple vista, se notaba que pasaba horas en el gimnasio o entrenando.
—Buena explosividad, pero tienes reflejos demasiado lentos.
Al escuchar su evaluación, el muchacho controló su respiración, se puso de pie y la saludó con evidente respeto.
—Él es mi primo, León. Está en su segundo año en la Universidad del Sur y, por ahora, es el Campeón de Atletismo de la escuela. Con tu estatus, Jefa, incluso para ir a estudiar necesitas a alguien que te cuide la espalda. Por eso lo traje, para que lo vayas conociendo. De ahora en adelante, cualquier cosa que necesites, solo tienes que pedírselo a él.
Roxana lo miró con una sonrisa irónica.
—Por lo que dices, ¿se supone que debo felicitarte por ser tan considerado?
Julián sonrió de oreja a oreja.
—No es para tanto, Jefa. Solo hago mi trabajo. Pero si de verdad quieres felicitarme, ¿qué tal algo más práctico? Digamos, un bono de un par de millones de pesos...
León, que apenas se acababa de sentar, se quedó perplejo al escuchar a su primo pedirle una suma tan absurda a una muchacha tan joven.
—Primo, ¿desde cuándo te volviste tan descarado para vivir del dinero de los demás?
—¡Cállate, no digas estupideces! —le recriminó Julián, mirándolo como si fuera un caso perdido—. ¿Te crees que cualquiera puede recibir dinero de la Jefa? ¡El día que ella te dé un solo peso, deberías darle gracias al cielo!
León miró a Roxana y luego a Julián, con una genuina expresión de confusión en su rostro.

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