—Cristián, no me arrepiento de haber gastado mi último favor en ti, solo me siento culpable por no poder ayudar cuando la familia Maldonado enfrentó su crisis. Pero también me consuela saber que ahora eres tan brillante y exitoso. Perfectamente podrías buscar a una joven de buena familia que esté a tu altura, y así nadie podría controlarte nunca más. Olvídame, Cristián, no deberías cargar conmigo.
Sutilmente, le estaba diciendo a Cristián Mota que la familia Maldonado y ella misma habían llegado a ese punto de ruina por haber usado ese gran favor para ayudarlo a él. Y que en el futuro, nadie más lo amaría de forma tan incondicional y desinteresada como ella.
Sus últimas palabras calaron profundo en el corazón de Cristián.
Él sabía muy bien lo calculadoras que podían ser algunas de las jóvenes adineradas de Puerto Esperanza. Alguien tan pura, amable y sincera como ella jamás volvería a cruzarse en su camino.
Casi desesperado, la atrajo hacia su pecho y murmuró:
—Alcira, no me dejes.
—No puede ser, Cristián. Aunque anoche luché con todas mis fuerzas y evité que Carlos Valente se saliera con la suya, igual quedé manchada. Ya no soy digna de ti... —Entre forcejeos, Alcira Maldonado dejó al descubierto la elegante línea de sus hombros y su suave y hermosa clavícula.
La piel inmaculada contrastaba con las marcas y los moretones que quedaron a la vista de Cristián. La culpa y el dolor se entrelazaron en su pecho, golpeando su mente con ferocidad.
En ese instante, solo había una voz en su cabeza: ¡Tenía que retenerla! Tenía que quedarse con esa mujer que lo amaba con tanta devoción.
—¡Alcira, en esta vida no quiero a nadie más que a ti!
Dicho esto, la besó con desesperación.
Alcira añadió una última gota de veneno:
—Pero si hacemos esto, tu madre se enojará mucho...
La mirada de Cristián se volvió gélida. Desde niño, su madre había sido estricta y jamás había respetado sus decisiones. ¡Esta vez, él elegiría!
La recostó con cuidado sobre el asiento y le prometió con firmeza:
—Me casaré contigo. ¡No me importa quién se oponga!
***
Restaurante El Mirador.
—Darío, ¿es cierto que esta noche hay una subasta en Puerto Esperanza por un Hongo de Vida Eterna?
Como Rafael Soler y Marina Montes de Soler no pudieron ir a la universidad a comer con su hija, se conformaron con cenar junto a su hijo.

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