Pero Alcira era diferente.
Ella era suave, frágil y dependiente por naturaleza. Solo podía sobrevivir enredada a él como una enredadera, lo que satisfacía por completo su orgullo masculino.
Al verla herida y asustada, decidió ceder a su petición.
—De acuerdo, te sacaré de aquí.
Alcira supo en ese instante que su plan había dado el primer gran paso.
Para evitar que alguien la reconociera, se cubrió con varias capas de ropa y usó una bufanda que le tapaba casi todo el rostro; no se la quitó ni cuando subieron al auto.
Cristián echó un vistazo a los alrededores y notó a unos reporteros merodeando cerca, probablemente esperando a algún famoso. Sin darle mayor importancia, abrió la puerta y subió.
—¿Te llevo directo a casa o prefieres ir a...?
—Cristián, cancelemos nuestro compromiso matrimonial.
El llanto de Alcira estalló sin previo aviso.
Cristián, que no estaba preparado para algo así, reaccionó con una mezcla de sorpresa e indignación.
—¡¿Qué estupideces estás diciendo?!
¡Él era Cristián Mota! Él era quien descartaba a las mujeres. ¡Nadie, en toda su vida, había tenido el atrevimiento de rechazarlo en su cara!
¡Cómo se atrevía!
Mientras sollozaba, Alcira se deshizo de la ropa que la cubría, exponiendo su cuello, sus brazos y parte de su pecho para mostrarle todas sus marcas.
La mayoría eran moretones, pero los que tenía en los brazos tenían un tono amoratado y oscuro, espantoso a la vista.
—Hice lo que me pediste. Fui a pedirle perdón a mi hermana. Le rogué de mil maneras, incluso estuve dispuesta a arrodillarme y suplicar por su perdón... pero ella no me escuchó.
—Sé que cometí un error al usar su partitura. Pero te lo juro, en ese momento yo no sabía que era suya. ¿Tan imperdonable es mi crimen que tengo que pagarle con mi futuro y con mi propia vida?
Se cubrió el rostro con las manos, ocultando su supuesta fragilidad y dejando al descubierto su piel pálida y lastimada.
Cristián sabía desde que era un niño lo que significaba ser un hijo ilegítimo. Había crecido a la sombra, soportando las miradas despectivas y las burlas de los demás.
En un principio, se había enredado con ella por el simple hecho de que era la legítima heredera de los Maldonado. Nunca imaginó que la mujer que él consideraba una simple pieza en su tablero lo amara con una devoción tan ciega y pura.
Al punto de que, después de casi perderlo todo, lo primero en lo que ella pensaba era en no arrastrarlo a él al precipicio.
Jamás nadie se había preocupado por él con tanta intensidad, ni siquiera su propia madre.
En ese instante, su frío corazón se estremeció. Extendió la mano y le acarició el cabello con profunda ternura.
—Alcira, ¡no permitiré que vuelvas a decir eso! Eres la mujer que yo elegí, y jamás te abandonaré.
Al escuchar sus palabras, un destello de victoria cruzó por la mirada oculta de Alcira.
Pero sabía que no era suficiente. Aún necesitaba más.

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