—¿He oído que te llamas Roxana Soler?
Roxana mantenía la vista fija en los puntos de donde provenía el reflejo de luz blanca. Aunque eso impedía que el francotirador pudiera apuntarle, también le dificultaba a ella anticipar sus movimientos.
Temía que el enemigo la atacara de forma imprevista, por lo que no se atrevía a bajar la guardia. Mantenía cada músculo del cuerpo en tensión.
—¿Qué pasa? ¿Acaso me conoces?
Ese tono provocativo hizo que Siete se quedara paralizada por una fracción de segundo.
Se parecía tanto a Aura.
Pero sabía que era imposible que fuera ella.
—No, no te conozco. De hecho, te detesto. Te odio tanto que me encantaría matarte ahora mismo.
Tan pronto como terminó la frase, giró su cuerpo bruscamente, sin importarle que el cañón del arma le rasgara la piel del cuello, todo con tal de escapar del agarre de Roxana.
Roxana sintió que el objetivo se le escurría entre los dedos. Con la mirada aún más gélida, volvió a abalanzarse sobre ella.
Cada golpe, cada movimiento, eran tácticas diseñadas para matar.
La mujer pelirroja ya tenía dos cortes sangrantes en el cuello, pero los ignoró por completo. Al ver que Roxana la atacaba de nuevo, se enfrascó en un feroz combate cuerpo a cuerpo, demostrando que no le temía en absoluto a la muerte.
Las siluetas de ambas se cruzaban y entrelazaban frenéticamente entre los árboles...
—Joven Valeriano, me parece escuchar algo —susurró Leandro, conteniendo la respiración mientras percibía un ligero crujido entre las hojas.
La mirada de Valeriano se volvió helada; ese sonido le resultaba demasiado inquietante.
De repente, dirigió su vista hacia la posición del francotirador cegado por la luz. Ya llevaba un buen rato sin escuchar ningún ruido proveniente de allí.
Al principio, pensó que el tirador no se movía por miedo a quedar expuesto.
Pero ahora dudaba que esa fuera la razón.
El crujido se hizo más fuerte, como si una ráfaga de viento estuviera agitando las ramas a propósito.
Roxana, que seguía intercambiando golpes con la pelirroja, también notó que algo andaba mal.
Pero no lograba identificar de qué se trataba.
Hasta que vio cómo Siete se cubría los oídos y, aprovechando el impulso de una patada que Roxana le acababa de dar, corrió hacia la dirección donde soplaba el viento.
Los miembros del escuadrón sombra también quisieron intervenir para proteger a su líder, pero nadie imaginó que los reflejos de Roxana fueran tan veloces.
Incluso el propio Valeriano quedó impactado al ver con qué ferocidad lo estaba protegiendo.
El muro de hielo que él mismo había construido alrededor de su corazón se desmoronó por completo en ese instante.
Tras dar un par de vueltas por el suelo, Roxana quedó tendida sobre él. Al ver que su rostro estaba tan pálido que casi parecía transparente, llevó sus manos de inmediato hacia los oídos del hombre y los cubrió con fuerza.
El cuerpo de Valeriano jamás soportaría el impacto de ese ataque sónico.
Pero al protegerlo, Roxana quedó expuesta. La onda de sonido le golpeó los tímpanos con tanta violencia que sus oídos empezaron a sangrar.
Valeriano sentía que cada hueso de su cuerpo había sido atropellado, el dolor era insoportable.
Pero al sentir aquellas manos cálidas protegiéndole los oídos, abrió los ojos sorprendido. Al ver los hilos de sangre que caían por las orejas de Roxana, el terror se apoderó de él. Con todas sus fuerzas, usó sus dedos pálidos y largos para agarrarla por la ropa, la atrajo hacia su pecho y le cubrió firmemente ambos oídos con sus manos.
Solo cuando sintió el calor de esas palmas sobre ella, Roxana comprendió lo que intentaba hacer.
Una corriente cálida e indescriptible fluyó desde el fondo de su corazón.
Un calor que recorrió cada rincón de su ser.

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