Puerto Esperanza, centro de detención.
—¡Creak!
La vieja puerta de metal rechinó al abrirse.
Pronto, sacaron a Elena, quien vestía un uniforme de prisión y tenía el rostro demacrado.
En los pocos días que llevaba ahí, había perdido toda la elegancia de la esposa del hombre más rico de la ciudad; parecía haber envejecido diez años.
Al ver a Ricardo sentado al otro lado del cristal, se abalanzó con desesperación.
—¡Mi amor, por fin viniste a verme! ¡Este lugar es horrible, por favor sácame de aquí! ¡Te juro que de ahora en adelante haré todo lo que me pidas! ¡Si me dices que vaya a la derecha, jamás iré a la izquierda!
Frente a sus súplicas, Ricardo se mostró frío y distante.
—¿Ahora sí quieres obedecerme? ¿Por qué no me hiciste caso cuando te dije que trataras bien a Roxana y no te metieras con ella? ¡Si me hubieras escuchado, ahora no estarías en prisión ni nuestra empresa estaría en ruinas!
Elena se sintió ofendida, pero asintió.
—Fue mi culpa, pero, mi amor, yo no sabía que esa mocosa sería tan despiadada. ¡No tuvo ni un poco de piedad! Yo fui la madre que la crio, ¡y aun así me mandó a este lugar! ¡Es peor que un animal!
—¡Y todavía la llamas mocosa! ¡Aún crees que es una malagradecida! ¡¿Por qué no reflexionas sobre todo lo que hiciste?!
El repentino grito de su esposo la molestó. Cuando ella le hizo la vida imposible a Roxana, él no hizo nada para detenerla. ¿Por qué ahora toda la culpa era suya?
Pero no podía decirle eso.
Él era la única persona que podía sacarla de ahí. Tenía que lograr que cediera.
—No te enojes, lo dije sin pensar por el coraje. Además, si Roxana me hizo esto a mí, seguro tampoco tendrá piedad de ti ni de Alcira. Tienen que cuidarse. Si logras sacarme, te ayudaré a buscar una forma de calmarla.


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