Roxana subió al auto. Aunque el habitáculo estaba ventilado, aún pudo percibir un ligero aroma a tabaco.
—Tu cuerpo no está en condiciones de fumar. No lo hagas más.
Lo dijo desde su posición como doctora preocupándose por su paciente, pero para Valeriano, aquellas palabras sonaron a una muestra de profundo interés y cuidado.
Un cuidado que lo hizo sentir aún más indigno.
—Roxana... Si te dijera que confundí a las personas, que creí que Alcira era quien me había salvado y por eso ayudé a su familia cuando intentabas hundirlos a escondidas... ¿Me creerías?
Roxana giró el rostro para mirarlo.
Se suponía que su salud estaba mejorando, pero en ese momento estaba pálido, y su mirada negra, usualmente serena, reflejaba angustia y pesar.
—En realidad, ya lo sabía.
El rostro de Valeriano se congeló, sus emociones parecieron paralizarse.
—¿Tú... lo sabías?
—Sí. Alcira me lo confesó el mismo día que fuiste a su casa. Al principio me pareció raro, pero luego lo confirmé.
Roxana, al notar que la expresión del hombre se oscurecía aún más, añadió:
—Pero como en ese momento no éramos cercanos, no me interesó meterme en ese asunto.
Valeriano vio en sus ojos una franqueza absoluta. A ella no le había afectado en absoluto, pero a él le oprimía el pecho.
Sabía que la respuesta de ella era lógica, pero las cosas ya no eran como antes.
A él le importaba.
Le importaba tanto que no pudo quedarse en casa y tuvo que venir en medio de la noche para aclarar la situación.
—En su momento, apoyé a los Maldonado creyendo que estaba pagando una deuda de vida. Pero no tengo ninguna relación con Alcira. Lamento profundamente haber entorpecido tus planes y haberte causado pérdidas. Quiero compensarte.
Roxana notó que él sacaba un documento de una carpeta que tenía a su lado.
—Este es mi gesto de buena voluntad.
Roxana lo tomó y, al leerlo, frunció el ceño instintivamente.
—¿Vas a darme el ocho por ciento de las acciones de la Corporación Sandoval?

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