Al escuchar la voz de Roxana, Luisa y Elba sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Fue como si el agudo dolor estomacal, que ya había desaparecido, volviera a atacarlas.
Se atrevían a faltarles al respeto a Rafael y a Marina porque sabían que, en el fondo, ambos tenían buen corazón y no se vengarían.
Pero Roxana era como un lobo rabioso.
La última vez que las envenenó y luego las golpeó brutalmente, dejó al descubierto su lado más cruel y despiadado, así que no se atrevían a comportarse de forma tan insolente en su presencia.
—¿C... Cuándo llegaste? —balbuceó Luisa, encogiéndose en la cama por puro instinto.
Elba, sin atreverse siquiera a emitir un sonido, se escondió detrás de su madre.
Ambas parecían ratas escondiéndose en la oscuridad.
Roxana las miró con desdén y comentó en tono burlón:
—Llegué justo cuando empezaste a insultar a mi maestra, así que escuché la historia completa.
—Yo... —Luisa apenas se atrevía a mirarla. Tras tragar saliva y vacilar un momento, intentó excusarse con voz débil—: Estaba desesperada por el enojo... por eso hablé de más... sin pensar.
Rafael y Marina observaban la escena atónitos. Era increíble ver a Luisa y Elba, siempre tan revoltosas y agresivas, reducidas a ese estado de sumisión y miedo frente a su pequeña hija.
—Mi niña, ¿qué haces aquí? ¿No habíamos acordado vernos esta noche? —Al ver a su discípula más brillante, la Maestra Vera perdió toda su imponente autoridad y su rostro se iluminó con una sonrisa rebosante de cariño.
Al mirarla, los ojos de Roxana se suavizaron.
—Tenía miedo de que le estuvieran dando problemas a la maestra, así que vine a revisar.
La culpa carcomió aún más a Luisa y a Elba.
Al mencionarlas, la Maestra Vera enarcó una ceja.
—A mí no me dan problemas.
Su comentario sugería que a quienes sí molestaban eran a los señores Soler.


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