—¡Yo también puedo! Además, el nieto de la hermana del segundo tío de mi tercer primo es supervisor en la organización. ¡Puedo hacer que hablen directamente con el líder principal, El Cobra!
Al ver a sus propios hombres traicionar al cártel con tal de salvar el pellejo, Fabio no pudo evitar soltar una risa amarga.
—Piénsenlo bien, idiotas. ¿De verdad creen que, si los llevan, saldrán vivos de ahí?
Sus palabras hicieron que los matones dudaran, mirando a Roxana con desconfianza.
Julián le asestó un golpe en la cabeza a Fabio con la culata del arma, dejándolo aturdido y sin palabras.
—¿Tú quién te crees para poner en duda la palabra de mi jefa? —Luego, miró al grupo de matones—. Si no quieren ir, quédense. Puerto Esperanza no es tan grande, ¡les aseguro que no los necesitamos para encontrar a sus jefes!
Al escuchar que ya no eran indispensables, los matones se desesperaron aún más y empezaron a suplicar de nuevo que los llevaran.
Al final, Roxana no eligió a ninguno de ellos. En su lugar, le ordenó a Julián que se llevara a Fabio.
Ninguno de esos matones parecía tener información útil, así que era mejor llevarse a alguien con más jerarquía.
—Sancho, quédate aquí con dos hombres para limpiar el desastre. Cuando lleguemos, haré que Julián te mande la ubicación. Nos alcanzas en cuanto termines.
Sancho se mostró preocupado.
—Jefa, ¿no sería mejor que los acompañe?
A menudo, Julián la acompañaba a todas partes y él también quería estar al lado de su líder para verla en acción.
Julián lo miró con severidad.
—¿Qué pasa? ¿Vas a desobedecer las órdenes de la jefa?
Sancho negó rápidamente.
—Por supuesto que no, Líder Julián. Solo quería aprender de ella.
Durante el trayecto, Fabio, consciente de con quiénes estaba tratando, no se atrevió a hacer el más mínimo ruido.
Incluso, cuando estaban a punto de llegar a su destino, intentó ganarse el favor de Roxana.
—Gran jefa, estoy dispuesto a colaborar en todo. Solo le pido que me deje trabajar para ustedes. Aunque he resuelto muchos problemas para El Cobra a lo largo de los años, le juro que nunca me he manchado las manos de sangre.
Julián, viéndole la cara, supo que el tipo ya había adivinado sus identidades. Después de todo, nunca había ocultado quién era fuera de su territorio.
—¿Que nunca has derramado sangre? ¿Entonces el hijo de esa mujer no murió por tu culpa?
—No fui yo. Fue otro tipo que envió El Cobra, su verdadero hombre de confianza. Él es el encargado de hacer el trabajo sucio. Y, como usted dijo, si El Cobra realmente confiara en mí, no me habría dado una chatarra antigua. Ese hombre, en cambio, tiene un rifle de francotirador que alcanza hasta trescientos metros. Escuché que hace poco emboscó a un grupo en la noche y los exterminó a todos.
Esa información llamó la atención de Roxana.
Si no se equivocaba, el hombre que Fabio mencionaba debía ser el francotirador que los había atacado aquella noche y que luego limpió las huellas a favor de los Sarmiento.

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