Fabio jamás imaginó que este grupo también estuviera armado, y mucho menos con pistolas que, aunque no reconocía el modelo, a simple vista eran muy superiores a la suya.
Y no era solo una.
Excepto por la hermosa chica y el joven frente a él...
¡Casi todos los demás llevaban un arma en la mano!
—¡Ah! ¡No disparen!
¡Sus matones nunca habían estado en una situación semejante!
Como si lo hubieran ensayado mil veces, todos se tiraron al suelo y se cubrieron la cabeza con las manos.
El rostro de Fabio palideció, pero no apartó su arma de Julián.
—¡Bajen sus armas! Este tipo es su líder, ¿verdad? ¡Si se mueven un centímetro, le vuelo los sesos!
Sin embargo, los fornidos hombres armados simplemente desviaron la mirada hacia la hermosa chica que estaba detrás.
—¿Jefa?
La expresión de Fabio cambió drásticamente, y su mano tembló sobre el gatillo.
—¿T-Tú eres la líder?
Roxana no le respondió; en su lugar, se dirigió a su subordinado con tranquilidad:
—Julián, ¿ya terminaste de jugar?
Al escuchar ese nombre, a Fabio le sonó extrañamente familiar.
Pero antes de que pudiera hacer memoria, alguien le agarró el brazo con el que sostenía el arma y tiró con fuerza.
¡Crac!
El sonido de su brazo siendo dislocado resonó en la habitación.
Un dolor paralizante le recorrió el cuerpo.
¡El arma cayó al suelo!
Fabio empezó a patalear, retorciéndose de dolor.
Al segundo siguiente, el cañón helado de una pistola se posó en su sien, provocando que sudara frío.
—Ya ves, no se siente nada bien que te apunten a la cabeza, ¿verdad? —preguntó Julián con una sonrisa.

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