Fabio jamás imaginó que este grupo también estuviera armado, y mucho menos con pistolas que, aunque no reconocía el modelo, a simple vista eran muy superiores a la suya.
Y no era solo una.
Excepto por la hermosa chica y el joven frente a él...
¡Casi todos los demás llevaban un arma en la mano!
—¡Ah! ¡No disparen!
¡Sus matones nunca habían estado en una situación semejante!
Como si lo hubieran ensayado mil veces, todos se tiraron al suelo y se cubrieron la cabeza con las manos.
El rostro de Fabio palideció, pero no apartó su arma de Julián.
—¡Bajen sus armas! Este tipo es su líder, ¿verdad? ¡Si se mueven un centímetro, le vuelo los sesos!
Sin embargo, los fornidos hombres armados simplemente desviaron la mirada hacia la hermosa chica que estaba detrás.
—¿Jefa?
La expresión de Fabio cambió drásticamente, y su mano tembló sobre el gatillo.
—¿T-Tú eres la líder?
Roxana no le respondió; en su lugar, se dirigió a su subordinado con tranquilidad:
—Julián, ¿ya terminaste de jugar?
Al escuchar ese nombre, a Fabio le sonó extrañamente familiar.
Pero antes de que pudiera hacer memoria, alguien le agarró el brazo con el que sostenía el arma y tiró con fuerza.
¡Crac!
El sonido de su brazo siendo dislocado resonó en la habitación.
Un dolor paralizante le recorrió el cuerpo.
¡El arma cayó al suelo!
Fabio empezó a patalear, retorciéndose de dolor.
Al segundo siguiente, el cañón helado de una pistola se posó en su sien, provocando que sudara frío.
—Ya ves, no se siente nada bien que te apunten a la cabeza, ¿verdad? —preguntó Julián con una sonrisa.
Tal vez, de verdad, su vida apenas comenzaba.
—¡Puedes pedir todo el perdón que quieras, jamás te voy a perdonar! ¡La muerte de mi hijo no tiene justificación, y no descansaré hasta verte pagar a ti y a mi miserable esposo!
Fabio había sido muy arrogante con ella en el pasado, pero ahora que las cosas habían cambiado, sentía en carne propia lo que era no tener escapatoria.
—Lucía, te entiendo, no me culpes, pero yo también soy una víctima aquí. Solo seguía órdenes, si no me lo hubieran exigido desde arriba, jamás lo habría hecho. Te pido perdón y te prometo devolverte todo el dinero hasta el último centavo, ¿me perdonas la vida?
Lucía no se ablandó.
—¡Ni en tus sueños! ¡A menos que me devuelvas a mi hijo vivo, jamás te perdonaré!
Al darse cuenta de que no había esperanza por ese lado, Fabio volvió a arrastrarse hacia Roxana.
Ella lo ignoró y dirigió su atención a los matones que seguían encogidos en el suelo.
—Llévennos a su escondite. Al que elija, le perdonaré la vida.
Los matones, que ya se daban por muertos, levantaron la mano desesperadamente al escuchar esa oferta.
—¡Jefa, yo los llevo!
—¡No, él es un rango muy bajo, ni siquiera tiene acceso a los niveles superiores! ¡Yo los llevo!

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