—Se los aseguro, venimos en son de paz. Crecimos junto a Roxana, somos grandes amigos. Ella es prácticamente su hermana menor. Solo queremos ver cómo está después del accidente —se escuchó la voz educada y comprensiva de Cristián Mota.
—Sí, por favor —añadió Alcira apresuradamente—. Vi las noticias en la mañana y estoy sumamente preocupada por mi hermana. Si desconfían de nosotros, los guardias pueden quedarse adentro vigilando mientras hablamos con ella.
—¿Quiénes son esos escandalosos? ¡Saben perfectamente que mi hija necesita descansar y se atreven a armar un alboroto aquí afuera! —exclamó Marina, claramente irritada.
El rostro de Darío se endureció.
—Mamá, yo me encargo. Los voy a echar a patadas.
Pero antes de que Darío pudiera llegar a la puerta, Cristián y Alcira ya se habían asomado a la habitación.
El jefe de guardaespaldas entró detrás de ellos, pálido y sudando frío.
—Mis disculpas, señora. Como la señorita está embarazada, mis hombres temieron usar la fuerza y lastimarla. Aprovecharon ese descuido para colarse.
Marina estaba a punto de gritarles que los sacaran de todos modos, pero Alcira se le adelantó.
Sus ojos se iluminaron al ver que tanto Darío Soler como Valeriano Sandoval estaban presentes.
Sin embargo, al ver a Marina sentada en el borde de la cama, mimando a Roxana, una punzada de celos enfermizos le atravesó el estómago.
«¡Esa maldita de Roxana metió a mi madre a la cárcel y ahora se da el lujo de que la madre del mismísimo Darío Soler la trate como a una reina! ¡Qué descaro!».
Aunque por dentro ardía de odio, Alcira mantuvo su fachada de mujer frágil e inocente, y habló con un tono lleno de arrepentimiento.
—Hermana, perdóname de verdad. No era mi intención interrumpir tu descanso. Supe que estabas herida, y como yo también estoy internada en este hospital, quise subir a verte de inmediato. ¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? ¿Fue muy grave?
Su voz destilaba tanta preocupación y sus ojos se veían tan cristalinos que, si Roxana no la hubiera conocido de toda la vida y no supiera lo maquiavélica que era, hasta habría creído en sus lágrimas de cocodrilo.
Cristián miró de reojo a los herederos y añadió en tono de reprimenda condescendiente:
—Además, el señor Soler y el señor Sandoval están aquí presentes. ¿De verdad quieres que piensen que eres una persona resentida y amargada?
Roxana sabía perfectamente a qué habían venido, soltó una carcajada cargada de burla.
—¿Y tú quién te crees que eres para darme lecciones de moral? Si yo quiero ser resentida o no, ¿a ti qué demonios te importa?
El rostro de Cristián se tornó rojo de indignación.
—¡Roxana! ¡¿Cómo pudiste volverte tan tóxica?!
—Cristián, por favor, detente —intervino Alcira, fingiendo ser una mártir, tomándolo del brazo—. Mi hermana ha sufrido demasiado en la vida, tiene derecho a desquitarse conmigo. No te pelees con ella por mi culpa, no arruines los hermosos años que vivieron juntos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA