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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 57

Rafael y Marina, que estaban realmente asustados, lo comprendieron todo de golpe al escuchar a Roxana.

Entre la dramática y manipuladora Luisa y su propia hija, sin duda preferían creerle a su hija.

El rostro de Luisa se paralizó por una fracción de segundo. Maldijo en silencio a Roxana por ser tan difícil de engañar, y de inmediato acentuó sus gestos de dolor, balbuceando con voz débil:

—No estoy... fingiendo. Me... me duele de verdad...

Elba, furiosa de que Roxana hubiera arruinado su teatro con esa aguda observación, gritó enrojecida:

—¡Roxana, ya basta! Mi madre está sufriendo muchísimo, y tú sigues burlándote de ella. ¿Acaso no tienes corazón?

»¿Necesitas verla morir frente a tus ojos para creer que de verdad le dio un ataque?

Yara frunció el ceño, aparentando estar horrorizada por la falta de empatía de Roxana.

—Roxana, sé que antes fuiste tratada injustamente, pero mi tía está sufriendo mucho. ¿Podrías dejar de atacarla en este momento? ¿No ves lo angustiados que están nuestros padres?

Marina, manteniendo su habitual serenidad, intervino.

—Roxana, cariño. Recuerdo que hace unos días descubriste con solo un vistazo la verdadera enfermedad de tu tía. Seguro que sabes de medicina. ¿Por qué no la revisas tú? Así sabremos si es necesario traer a los especialistas en urgencias.

Yara y Luisa apenas podían creer lo que oían. Por un instante, la expresión de Luisa fue de total desconcierto.

¿Acaso... nadie le creía?

Rafael notó esa duda en el rostro de su hermana, y su mirada se volvió helada.

—Roxana —asintió Rafael—. Por favor, revísala.

Al ver que todos estaban de acuerdo, Elba saltó de inmediato para detenerlos.

—¡No! ¡Tío Rafael, es una farsante! ¡No podemos confiar en ella! ¡No dejaré que se acerque a mi madre!

Marina, que ya había leído la mirada de su esposo, ordenó con dureza:

—Elba, no seas caprichosa y hazte a un lado.

Elba se negó, chillando e intentando bloquear a Roxana.

Roxana la miró con sus ojos oscuros e insondables.

—Si insistes en bloquearme el paso, atente a las consecuencias.

Luisa, paralizada por el terror, sintió cómo un sudor frío le perlaba el rostro pálido.

¿Curarla? ¡Seguro que iba a matarla!

—¡No toques a mi madre! —Elba intentó lanzarse de nuevo, pero Marina la detuvo por los hombros—.

—Elba, cálmate. Roxana solo intenta salvar a tu madre.

Luisa vio cómo la punta de la aguja se acercaba centímetro a centímetro. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso hasta el extremo.

Roxana, notando que el miedo de Luisa había llegado a su punto de quiebre, aflojó sutilmente su agarre.

En el siguiente segundo, Luisa soltó un alarido, apartó la mano de Roxana de un golpe y se levantó a trompicones, corriendo a esconderse detrás de Rafael.

Con el rostro desencajado por el terror, gritó:

—¡Rafael! ¡¿Viste el tamaño de esa aguja?! ¡No quería salvarme, quería matarme! ¡Detenla!

Roxana no hizo ningún amago de perseguirla. Se quedó en su sitio, jugando con la aguja entre los dedos con una sonrisa divertida.

Luisa, al ver que Roxana no se movía, finalmente comprendió que algo andaba mal.

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