—¡Si se atreven a seguir difamando a mi pequeña, haré que lo paguen muy caro!
¿Cómo iba a permitir Don Abelardo que su niña sufriera semejante injusticia? De inmediato se puso frente a ella para protegerla.
Fue en ese momento cuando Ricardo Maldonado y el señor Mota se dieron cuenta de la presencia de Don Abelardo.
Él era una figura sumamente importante, alguien a quien muchas familias prestigiosas trataban con el máximo respeto y cuidado. Mucho más aquellos que apenas intentaban abrirse paso en Puerto Esperanza.
Ricardo, quien hasta hace un segundo pensaba que los comentarios de sus familiares eran acertados, cambió de actitud drásticamente y se apresuró a defender a Roxana.
—¡Tío Hugo, Don Octavio, por favor, no digan más! Roxana es la hija que yo crie. Ahora mismo hay algunos malentendidos entre nosotros, por eso dice cosas tan hirientes. En cuanto hable bien con ella, todo se solucionará. ¡Vayan a sentarse y descansen, el banquete está por comenzar!
Dicho esto, Ricardo llamó a un camarero para que se llevara a los ancianos.
El señor Mota también se mostró extremadamente respetuoso al ver a Don Abelardo.
—Don Abelardo, qué honor que nos acompañe. Su presencia ilumina este lugar, ¡por favor, pase adelante!
Debido a la caída de la familia Sarmiento, la empresa de los Mota había perdido cientos de millones en contratos. Y para colmo, como los Sarmiento se habían declarado en bancarrota, no recuperarían ni un solo peso.
Los cimientos de la familia Mota estaban gravemente dañados, y ahora más que nunca necesitaban dinero y poder.
Si no fuera porque el bebé en el vientre de Alcira Maldonado les trajo un contrato millonario, él jamás habría aceptado que su hijo se casara con ella.

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