—Ya veremos qué pasa —respondió Roxana, sin querer comprometerse aún.
Don Abelardo, siendo lo suficientemente astuto como para notar que la chica sopesaba otros planes, no insistió.
—Hoy me veré con un viejo círculo de colegas para comer. Llevan años debatiendo sobre las variables del Proyecto HMZ, y el Doctor Lorenzo estará ahí. ¿Te animas a acompañarnos para escuchar sus locuras?
Roxana lo pensó por un momento y asintió.
—Me parece bien.
De camino al lugar, Roxana abrió su teléfono y le envió un mensaje a Julián para preguntarle por el progreso de la investigación.
[Todavía no hay avances. Para que alguien pueda esconderse de nuestra red de inteligencia, no puede ser cualquier persona. Jefa, espere un poco, ¡le juro que encontraré a ese infeliz!]
Roxana frunció el ceño con ligera sorpresa. Ahora entendía por qué el misterioso hacker no se preocupó en lo más mínimo cuando ella rastreó su IP. Estaba absolutamente seguro de su barrera de seguridad informática.
«Si Julián está tan concentrado intentando desenterrar a ese experto, supongo que el asunto del Hospital Edson lo tendré que investigar yo misma», pensó, planificando sus próximos movimientos.
Poco después, llegaron al restaurante.
Roxana había asumido que comerían en un lugar lujoso como el Restaurante El Mirador, propiedad de su hermano Darío. Sin embargo, el sitio resultó ser un restaurante tradicional muy reconocido en Puerto Esperanza.
Aunque no tenía la exuberancia de la alta sociedad, su popularidad no se quedaba atrás. Estaba abarrotado.
Además, el lugar estaba decorado como si estuvieran celebrando una gran fiesta.
Roxana no le prestó mayor atención y caminó hacia la entrada junto a Don Abelardo.
—¡Roxana!
Ricardo Maldonado lucía un impecable traje a medida, parado en la entrada como un triunfador, recibiendo a los invitados con aires de grandeza.
Junto a él estaban los padres de Cristián Mota, ambos con sonrisas radiantes, recibiendo felicitaciones.

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