El tío Eduardo leyó el peligro en la mirada oscura del hombre y estuvo a punto de negarlo, pero de repente Silvia, la señora Mota, gritó a todo pulmón:
—¡Sí! ¡Él es el tío de Ricardo Maldonado! Los padres de Ricardo murieron cuando él era joven, y fue su tío quien lo crio, ¡así que su vínculo es muy especial!
Y no solo él, aquí hay muchísimos familiares de Ricardo.
¡Pero nosotros no tenemos nada que ver con él, también fuimos engañados!
Al escuchar lo que decía Silvia, los familiares de Ricardo comenzaron a insultarla.
Pero pronto, los insultos se ahogaron en el terror.
Porque el hombre del cuchillo agarró al tío Eduardo y, sin dudarlo, le dio un tajo en la pierna.
—¡Aaaah!
El hombre soltó un alarido de dolor. La sangre comenzó a brotarle de inmediato, empapando su pantalón y cayendo en cuestión de segundos sobre el blanco piso de cerámica.
Pero el agresor no se detuvo; lo arrastró por el suelo sin piedad.
La sangre, como si fuera un pincel macabro, dibujaba un rastro espeluznante sobre las baldosas blancas.
—¡No le hagas daño a mi esposo! —gritó Doña Marta, saliendo de entre la multitud vestida con un elegante traje, y señalando a Alcira, que aún llevaba su vestido de novia, le dijo al loco—: ¡Ricardo no está, pero su hija biológica sí! ¡Ella es la novia! Si quieres venganza, ¡cóbrasela a ella! ¡Por favor, no le hagas más daño a mi esposo!
—¡Tía! —Alcira no podía creer que su propia familia la estuviera entregando.
Cuando cruzó miradas con el asesino, sintió cómo cada poro de su cuerpo se erizaba del terror.
—¡Cristián, sálvame! ¡Tienes que salvarme!
Alcira se aferró a su esposo como si fuera su último salvavidas.
Cristián también estaba muerto de miedo, pero no podía quitársela de encima.
En ese instante, Silvia salió corriendo de entre la multitud, subió al escenario, arrancó las manos de Alcira del brazo de su hijo y la empujó hacia el centro del caos.
¡Los demás invitados, aterrorizados de ser las próximas víctimas, también empujaron a Alcira hacia el asesino con todas sus fuerzas!
***
En el segundo piso.
Roxana conversaba con Don Abelardo y los demás eruditos.
Todos sabían que Don Abelardo tenía una pupila con un talento médico extraordinario, pero nunca habían tenido la oportunidad de conocerla en persona.
Tras hablar con Roxana, todos quedaron impresionados por su sólida base de conocimientos y sus análisis clínicos tan profundos. No dejaban de envidiar la suerte del anciano.

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