Y en esa habitación, aparte de ella, solo había un grupo de ancianos indefensos.
—Don Abelardo, ha ocurrido algo abajo. Tenemos que movernos a un lugar seguro ahora mismo.
El anciano no hizo preguntas al escucharla. De inmediato, apuró a sus colegas para que salieran.
Apenas llegó al pasillo, él también percibió ese débil pero inconfundible olor a sangre.
Intuyó de inmediato que alguien podría haber perdido la vida en el piso de abajo.
Instintivamente apretó la mano de Roxana.
Al ver cómo se le dilataban las pupilas, Roxana supo que él también había deducido la gravedad de la situación. Le habló con tono suave:
—Parece que hubo heridos graves abajo. Si estás preocupado, puedo bajar a echar un vistazo.
Para su sorpresa, Don Abelardo soltó un bufido de desdén.
—Pequeña, aún no me conoces bien. Es cierto que soy médico, pero no tengo ese complejo de mártir de sacrificarme por el bien común.
»Lo único que sé es que la gente de abajo es la misma que te ha hecho daño. Si algo les pasa, es simplemente su karma.
»No voy a bajar a salvarlos, y espero que tú tampoco lo hagas.
Si el olor a sangre había subido hasta allí, el peligro abajo era inmenso.
Y el agresor debía ser un criminal desquiciado.
Que lo llamaran egoísta o cobarde, no le importaba en lo más mínimo.
Solo era un pobre viejo que no buscaba fama ni gloria; su única prioridad era que su pequeña estuviera a salvo.
Roxana se quedó de una pieza. Siempre pensó que, con tantos años dedicados a la medicina, el anciano tendría una carga moral inquebrantable y elegiría cumplir con su deber de médico pasara lo que pasara.
No esperaba que dijera que era el karma de esa gente.
Con más razón, no podía permitir que se pusieran en riesgo.
—De acuerdo, vayámonos todos juntos.
Roxana organizó rápidamente al grupo y los hizo avanzar.
El camarero los guio hacia un salón privado mucho más grande, equipado con dos estancias y cuatro puertas.
Cuando llegaron, ya había un buen número de miembros de la élite resguardados allí.
Algunos reconocieron de inmediato a Don Abelardo y a Roxana.
Al ver que los presentes le cedieron el paso al anciano hacia la zona más segura, Roxana se aseguró de que los demás médicos estuvieran cómodos. Luego, retrocedió rápidamente y, con un movimiento ágil, cerró y bloqueó la puerta principal desde afuera.
—¡Roxana! —gritó Don Abelardo al ver que la puerta se cerraba de golpe. Corrió a golpearla—. ¡Niña testaruda! ¡Me vas a matar del coraje! ¡Si ibas a ir, debiste llevarme contigo! ¡Es muy peligroso allá afuera! ¿Qué puede hacer una muchacha sola? ¡Déjame salir, al menos este viejo puede recibir una puñalada por ti!

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