—Pero si no quieres volver, no pasa nada —continuó Rafael—. Papá reorganizará todo y contrataré a más personas para que te cuiden y te protejan. Además, tu madre y yo vendremos a verte muy seguido, así que no te sientas presionada.
Las figuras paternas que Roxana había conocido hasta ahora se limitaban a personas como Ricardo Maldonado y Silvia.
Aunque esa clase de personas solían mostrar cierto afecto por sus hijos, ese amor siempre estaba condicionado a los beneficios o recursos que los hijos pudieran aportarle a la familia.
Pero sus verdaderos padres no eran así.
Ellos no ocultaban su amor ni escatimaban en demostraciones de afecto. Y lo que era aún más extraordinario: en medio de esa abrumadora ola de amor y preocupación, aún se esforzaban por darle el derecho a elegir.
Eso conmovió profundamente a Roxana.
Le sonrió a Rafael, luego apretó suavemente la mano de Marina y dijo con voz dulce:
—Papá, mamá, quiero ir a Veridia con ustedes. Pero necesito un poco de tiempo para dejar algunas cosas en orden aquí. Denme dos días.
Marina ya se había mentalizado para escuchar un rechazo; jamás imaginó que su hija aceptaría tan rápido.
Casi lloró de pura felicidad.
—¡Sí! No te preocupes por dos días, tómate cinco, o siete, ¡el tiempo que necesites!
Si su hija estaba dispuesta a mudarse a Veridia, entonces al fin podría concentrarse en construir una verdadera relación con ella.
Desde que Roxana había regresado a la familia, el tiempo había sido demasiado corto. Todavía no la había llevado a acampar, ni a jugar tenis, ni a montar a caballo.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de presumirla frente a sus amigas más cercanas.
Al pensar en eso, Marina sintió que tenía un millón de planes por organizar.
Ese día, Yara Soler tampoco había ido a la universidad. Su intención original era aprovechar la ausencia de Roxana para afianzar su relación con sus padres.
Pero al bajar las escaleras, se topó con la escena de Marina sosteniendo las manos de Roxana, temblando de emoción.
Sin embargo, lo que realmente capturó su atención fue Valeriano Sandoval.
A diferencia de la noche anterior, cuando se apoyaba en un bastón, hoy Valeriano estaba de pie junto a la puerta con una postura recta, desprendiendo una elegancia majestuosa y un aura de frialdad inalcanzable.
—Roxana, ¿terminaste tus clases tan temprano hoy? —preguntó Yara, con un tono cuidadosamente halagador.
Se acercó a ellos y, con fingida timidez, se disculpó:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA