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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 657

—¡Señor, señora! ¡Los abuelos acaban de llegar a la entrada! —anunció el mayordomo principal, que estaba a cargo de recibir a los invitados, entrando a toda prisa para informar a Rafael y doña Marina.

Al escuchar que los abuelos Montes habían llegado, Roxana acompañó rápidamente a sus padres y a su hermano mayor hacia la puerta.

Mateo notó por el rabillo del ojo que Valeriano los seguía de cerca, lo que no le hizo ninguna gracia.

—¿Tú qué haces aquí meticheando?

Valeriano no se inmutó ante el tono glacial de Mateo y respondió con total naturalidad:

—Don Hipólito y doña Isabel siempre fueron muy cariñosos conmigo cuando era niño. Como son personas mayores a las que respeto, es mi deber ir a recibirlos personalmente. Además, mi estatus ahora es diferente; tengo que dar una buena impresión.

Mateo vio cómo Valeriano buscaba cualquier pretexto para acercarse a su hermana. Lo agarró bruscamente por el hombro, clavándolo en el lugar.

—Si vas a venir, camina bien. ¿A dónde crees que vas empujando?

Valeriano, al ver que Roxana miraba en su dirección, cambió de inmediato su expresión serena y bajó la voz a un tono lastimero:

—Mateo, la verdad es que todavía me cuesta mantenerme de pie. Por favor, sostenme un poco... me duele mucho la pierna.

Antes de que Mateo pudiera procesar la mentira, Roxana se acercó rápidamente y apartó la mano de su hermano del hombro de Valeriano.

—Hermano, aunque la salud de Valeriano ha mejorado muchísimo, todavía no está al cien por ciento. No puedes poner peso sobre él.

Mateo se quedó de piedra.

¡Ese maldito infeliz lo había manipulado!

¡Y ahora su hermanita pensaba que él era el abusivo!

Además, ¡qué tanto peso podía tener un brazo! ¡Ni que al pobre diablo le faltaran las piernas y solo se sostuviera con las manos!

—¡Papá, mamá! —Tan pronto como Rafael y Marina llegaron a la entrada, vieron a los abuelos Montes siendo empujados en sus sillas de ruedas.

Los ancianos, al ver a sus familiares, sonrieron cálidamente.

—Todo es culpa de tu padre —se quejó la abuela Isabel con una sonrisa—. Se la pasó sintiendo que su traje no era lo suficientemente elegante. ¡Tardó casi una hora en arreglarse! Si no, habríamos llegado mucho antes.

Marina rio.

Marina había sido criada por Agustina. Si no hubiera sido porque la nana insistió en volver a su pueblo para cuidar a su nieto, Marina jamás habría permitido que se fuera.

Al verla de nuevo, y en esas circunstancias, Marina se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza. Con los ojos rojos, la consoló:

—Doña Agustina, por favor, no llores más. Los que se fueron ya están descansando, pero nosotros seguimos aquí. De ahora en adelante, vivirás con nosotros en la finca de los Soler. Te juro que cuidaremos de ti en tu vejez.

Al escuchar sus palabras, a Agustina se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Niña Marina, usted es demasiado buena conmigo. ¿Cómo voy a vivir aquí de mantenida siendo solo una empleada? Aunque solo me queden estos viejos huesos, seguiré trabajando en lo que pueda. Así sentiré que me gano el pan.

Marina asintió suavemente, secándose las lágrimas, y luego llamó a Roxana.

—Mi niña, ven. Quiero presentarte a una persona maravillosa.

Roxana apenas acababa de recibir un bellísimo colgante de jade que su abuelo le había preparado. Al escuchar a su madre, agradeció el regalo y se acercó de inmediato.

—Dime, mamá.

—Doña Agustina, ella es mi hija biológica. Se llama Roxana. Es una chica sumamente educada, noble y muy talentosa —dijo Marina, ansiosa por presumir a su hija frente a la mujer que la crio.

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