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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 67

A Yara de por sí ya le irritaba profundamente la manera en la que Marina trataba a Roxana, como si fuera un cristal a punto de romperse. Y al escuchar el rechazo cortante de su hermana postiza, su mal humor se encendió aún más.

—Roxana, no menosprecies los exámenes de la Universidad del Sur. Acabas de llegar a la familia Soler y seguro no sabes que muchos de nuestros ancestros fueron científicos que realizaron aportaciones inmensas al país. Por eso, nuestra familia valora la excelencia académica por encima de todo. Si llegara a circular el rumor de que fracasaste o no lograste graduarte, no solo serás tú el hazmerreír de la gente, sino que mancharás el prestigio de mis papás.

Roxana detuvo los dedos sobre la pantalla. Al ver que ahora la otra intentaba educarla moralmente, levantó la mirada, tan serena como un lago congelado.

—Ya te dije que lo pasaré.

Marina confiaba ciegamente en ella; por algún motivo, tenía la plena certeza de que cualquier promesa que saliera de los labios de Roxana, se cumpliría.

Lo extraño era que esa devoción incondicional estaba reservada exclusivamente para ella; ni siquiera con sus tres exitosos hijos varones se sentía tan segura de las cosas.

—Yara, no insistas más, dejemos que Roxana decida esto por sí misma.

La resignación no formaba parte del vocabulario de Yara. Simplemente no le cabía en la cabeza cómo ambas mujeres podían ser tan obstinadas.

—Mamá, la Universidad del Sur no es una universidad cualquiera. Yo tuve que esforzarme el doble para lograr ingresar. Alguien como Roxana, que lleva tanto tiempo alejada de los estudios y carece de bases sólidas, ni siquiera podrá seguir el ritmo del preuniversitario, ¡mucho menos ser admitida definitivamente! ¡Por favor, no dejes que el sentimentalismo te nuble el juicio!

El ceño de Marina se frunció. Antes de que ella pudiera rebatir, Roxana soltó el teléfono sobre el sofá.

—¿Acaso eres un loro? Te la pasas repitiendo exactamente lo mismo. Deja de medirme con tu propio estándar mediocre. Y si tienes tanto tiempo libre como para meterte en mis asuntos, búscate un trabajo.

Yara sintió una punzada de rabia pura, pero tragándose el orgullo y asumiendo una falsa inocencia, replicó:

—Entiendo perfectamente que no quieras aceptar mi ayuda; seguramente sigues resentida por los malentendidos del pasado. Pero créeme, lo digo por tu propio bien, para que no sufras en el futuro. Somos familia, ¿acaso no puedes dejar atrás tus prejuicios contra mí?

Esa artimaña emocional le resbaló por completo a Roxana.

—Sí, muy buena consideración de tu parte. Así que de ahora en adelante, hazme el favor de dejar de considerarme. ¿Hay algo más que necesites? Si no hay nada, aléjate, tu hipocresía es tan intensa que interfiere con la señal de mi celular.

Yara apretó los dientes. ¡Le daban unas ganas inmensas de estrangular a esa infeliz ahí mismo!

La tensión en la sala estaba a punto de estallar cuando, desde la entrada, resonó la voz del mayordomo:

—¡Señora, ha llegado un paquete! ¡Es directamente desde la Universidad del Sur!

Y con ello, el hombre entró presuroso a la sala sosteniendo un sobre.

Al ver que todos celebraban un triunfo que, según ella, era meramente producto de su intervención, y que nadie le daba crédito, Yara forzó una sonrisa complaciente.

—Jamás imaginé que el profesor le daría tanta importancia. Me dijo que tardaría un par de días, pero al parecer mandó a pedir que lo enviaran por correo exprés de inmediato.

Al escucharla, Darío le dirigió una mirada cargada de asombro y gratitud.

—¿Tú lograste que hicieran esto, Yara?

Sin motivos para dudar de ella, Marina asintió.

—Así es, cariño. El mismo día que Roxana llegó a la casa, Yara se comunicó con sus contactos en la escuela; por eso llegó todo tan rápido. Todo es gracias a Yara.

Darío asintió, elogiándola un par de veces.

Yara lucía una sonrisa radiante, pero Roxana, desde su lugar, ya había identificado el sello privado del rector en el documento. La manera en que Yara se adjudicaba con tanto descaro algo que no le correspondía le pareció de lo más rastrero.

Pero antes de que Roxana pudiera decir una sola palabra, Darío notó que algo no encajaba.

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