Al ver a Gisela, la expresión de Roxana se congeló por un segundo. «¿Qué hace ella aquí?», pensó.
Gisela estaba conversando animadamente con su acompañante cuando levantó la vista y vio a Roxana parada sola frente al elevador.
Una sonrisa maliciosa se dibujó de inmediato en sus labios.
—Vaya, vaya, pero si es Roxana. ¿Vienes sola? Este lugar es súper aburrido si no vienes acompañada. ¿Por qué no te unes a nosotras? De hecho, tu hermano mayor va a venir más tarde, puedes quedarte con nosotras un rato y hasta te presento a los amigos de Mateo.
Roxana notó la clara burla en su sonrisa. Luego, su mirada se desvió hacia la chica de boina que la acompañaba; una joven de tez luminosa y piel de porcelana, quien al acercarse la escaneó de arriba a abajo con desdén, curvando los labios en una mueca cargada de arrogancia y superioridad.
—No es necesario, ya quedé de verme con alguien.
El elevador llegó en ese momento y el empleado les indicó que pasaran.
Roxana no tenía la más mínima intención de seguir hablando con Gisela, pero debido al compromiso matrimonial que existía entre ella y su hermano mayor, tampoco podía ser completamente cortante. Así que se limitó a pararse en el rincón más alejado de la cabina.
Pero Gisela no estaba dispuesta a dejarla en paz y volvió a la carga.
—Vamos, ya que nos encontramos, sería el colmo no invitarte. Si Mateo se entera de que te vi sola y no te llevé con nosotras, se va a enojar conmigo. Y supongo que no quieres que tu hermano se moleste, ¿verdad?
Con voz imperturbable, Roxana respondió:
—Mi hermano nunca me obliga a hacer nada, y mucho menos se enojaría por una pequeñez como esta.
Gisela se quedó sin palabras y su rostro palideció de frustración.
¿Acaso esa mosca muerta le estaba restando importancia a su relación con Mateo, insinuando que ella no lo conocía tan bien?
Mireya, que no soportaba ver a su amiga humillada, intervino afilando la lengua.
—Gisela, ya te está insultando, ¿para qué le haces caso? Por mucho que sea la hermana biológica del joven Soler, no tienes por qué ser su tapete. Además, ¿qué esperabas de alguien que creció en un pueblucho como Puerto Esperanza? Ni siquiera sabe comportarse. ¡Y todavía tiene la ilusión de competir con Yara! ¡Es patética!
Si Gisela hubiera sabido que Roxana no tenía pelos en la lengua, jamás se habría expuesto de esa manera.
Pero Mireya tenía toda la razón.
Aunque Roxana compartiera la misma sangre que Mateo, jamás podría borrar los más de diez años de convivencia que él tenía con Yara.
Lo más inteligente era seguir del lado de Yara.
—¿Ya lo ves, Gisela? Algunas personas se dan baños de pureza creyendo que con eso ya están a nuestro nivel, y mira, ya la vinieron a echar a la calle.
Acto seguido, se giró hacia el gerente, señalando a Roxana con indignación.
—Gerente, ¿no se supone que las políticas de su club prohíben estrictamente la entrada a quienes no son miembros? ¿Qué hace ella aquí, y encima en el quinto piso, que es exclusivo para VIPs? Si hubiera sabido que iban a rebajar tanto sus estándares, jamás habría gastado mi dinero aquí ni les habría dejado millones de pesos en ganancias.
El Gerente la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Señorita Mireya, ¿de qué está hablando? Todas las personas presentes en este pasillo, sin contar al personal, son miembros de nuestro club.
Esa declaración dejó de piedra a Gisela y a Mireya.
Mireya señaló a Roxana, temblando de incredulidad.
—¿Me está diciendo que ella es socia?
El Gerente asintió con una expresión de total seriedad.
—Así es. La señorita Roxana fue parte del primer grupo de miembros fundadores cuando inauguramos el Club Zafiro. Se afilió mucho antes que el propio Don Marcelo.

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