Poco después, todos arribaron al lujoso centro comercial.
—Señora Marina, Yara, Darío...
Apenas bajaron del auto, se toparon con Elba Llorens, quien llevaba puesto un conjunto de diseñador. Se acercó a ellos y, a regañadientes, murmuró:
—... Roxana.
Al verla, el elegante rostro de Marina se ensombreció al instante y frunció el ceño.
—Elba, ¿qué estás haciendo aquí?
Sabiendo que estaba caminando sobre hielo delgado con la familia Soler, Elba abandonó toda su soberbia y, adoptando un tono suave y complaciente, respondió:
—Señora Marina, tengo que asistir a una fiesta muy importante y quería pedirle a Yara que me ayudara a escoger algunos accesorios. Como escuché que vendrían hoy, decidí esperarlas aquí... Pero, le prometo, señora, que no vine a aprovecharme de ustedes. Pagaré mis cosas yo sola.
Aprovechando la situación, Yara intentó suavizar el terreno.
—Mamá, no te molestes con ella, por favor. Vi que estaba muy urgida, por eso se me ocurrió que viniera. Darío, ayúdame a convencer a mi mamá; dile que no esté enojada con Elba.
Su tono fue sumamente dulce, buscando conmover a su hermano.
Darío se quedó mirándola en silencio absoluto.
Si bien en el pasado habría defendido a Elba, en esta ocasión no estaba de acuerdo con la manera en que Yara manejaba las cosas, intentando imponer sus decisiones y obligando a los demás a aceptarlas a la fuerza.
La confianza de Yara, basada en que Darío siempre la apoyaría, se esfumó. Al ver que él no daba señales de ayudarla, su rostro palideció ligeramente.
—Lo siento, Darío... Si crees que esto fue un error... entonces... le pediré a Elba que se vaya ahora mismo.
—Ya que están aquí, vayamos juntas —interrumpió Marina. Aunque no toleraba la presencia de Elba, era una persona adulta y no quería rebajarse al nivel de una muchacha problemática.
Preocupada de que la situación incomodara a Roxana, se dirigió a ella con ternura:
—Roxana, en un momento subiremos al tercer piso. Todo lo que hay ahí es de primerísima calidad; podrás escoger lo que más te guste.
En cuanto a Elba, quien la hubiera invitado que se hiciera cargo de ella; Marina no movería un dedo.
Al escuchar la mención del tercer piso, Yara y Elba se quedaron atónitas.
—Yara, entiendo que la presencia de Roxana pueda hacerte sentir insegura y con miedo. Pero mis padres ya te aseguraron de forma directa que sigues siendo parte de nosotros. No hay ninguna razón válida para que te comportes con este nivel de inseguridad.
—No, no es eso, yo solo... —intentó justificarse ella, presa del pánico.
Pero él la frenó en seco.
—La Yara que yo conocía jamás cometía los mismos errores de forma deliberada, uno tras otro, a sabiendas de que estaban mal. Reflexiona bien sobre tus acciones.
Ver a Darío comportarse de esa forma la llenó de un odio abrasador.
¡¿Por qué maldita sea ahora hasta Darío defendía a esa arrastrada?! Habían convivido por dieciocho largos años. ¿Cómo era posible que todo eso no valiera más que los ridículos días que Roxana llevaba viviendo bajo ese techo?
Elba notó la cara de desesperación de Yara y, en cuanto Darío les dio la espalda, le susurró al oído:
—Yara, no te sientas mal. Eres increíble; si ellos no saben apreciarte es porque están todos ciegos. Te aseguro que tarde o temprano, se arrepentirán.
La joven respiró profundo y, a base de fuerza de voluntad, sepultó su enojo.
—Estoy bien. Más tarde trataré de volver a hablar con mi mamá. Vamos, primero te ayudaré a elegir tus accesorios.

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